juanitorisuelorente -

sábado, 25 de febrero de 2012

RETAZOS (PATXI)


Me bastó una mañana al sol para darme cuenta que trabajar no era lo mío. Ocurrió a mis diecinueve años poco después de morir el viejo en un accidente tonto de cojones. Era albañil y se apoyó en la barandilla de un andamio que olvidó fijar a seis pisos de altura. Murió y cerró mis libros y mi vida plácida. Estaba empeñado en que fuera maestro u otra cosa, yo sabía que no pero no era mala vida ni tampoco conocía otra. No tuve más remedio que dejar los estudios y mi madre
que dejar de limarse las uñas. La buena noticia es que tendrían que indemnizarnos pero eso tarda y en las cuentas y en la arquilla de debajo del armario no había ni un duro. Mi madre quería otro peón de briega y lo intenté, quizá pensando que eso era  más o menos como lo que yo sabía hacer pero nada se parecía a cargar carrillos de arena y repartirlos en unas aceras. Me pareció un esfuerzo inhumano para un físico bien resuelto, una completa estupidez hacer frente a un sol rabioso habiendo sombra cerca. No lo pensé. Habría otras alternativas, supuse y con razón. Me costó un mogollón de insultos de mi madre que veía con horror tambalearse su acomodo. Me fui de casa. Perdí el contacto con ella. Alguien me dijo  que se colocó de chacha con unos señores, poco tiempo, pronto volvió a limarse las uñas tras cobrar treinta kilos en una ardua batalla judicial con la empresa que se resistía, abogando, entre otras cosas, (el viejo le pegaba al tinto) que fue él quién tuvo la culpa al no fijar la barandilla. Perdieron y mi madre volvió a ser una señora, una señora con un señor, un avispado que conoció en el juicio. No me interesaba su vida ni a ella, sé, la mía. Nunca se portó conmigo como una madre ni yo a lo mejor con ella como un hijo, hay cosas que no tienen solución y para qué darle más vueltas. Aquel día, el que salí de mi casa sin un duro sólo con la ropa que llevaba puesta, tenía claro que lo único que no quería ni muerto era trabajar y que partiendo de esa clara premisa haría cualquier cosa. Tuve suerte, yo era conocido en distintos ámbitos, también soy muy enamoradizo aunque eso ahora no tiene nada que ver, sí que conocía a Luisa, una cincuentona divorciada, y me fui a vivir con ella, sólo unos días, me dijo, porque ella sólo me quería para eso, para un rato. Aguantó tres meses sin rechistar porque tenía a su favor que podía hacerlo sin tener que pagarme. Tuve tiempo de pensar, de salir, de ver el ambiente, de pensar, sobre todo de pensar. Podría explotar mi físico agraciado, ya lo había hecho otras veces, muy espaciado, con algunas amigas de mi madre porque con lo que me daba el viejo no llegaba a todo. Pensé que cincuenta euros por un rato es lo que hubiera ganado aquel fatídico día estirando de la carretilla y que sólo me hacía falta tener clientela. No fue fácil amoldarme a la carne flácida de las viejas y a sus manías, no fue fácil pero me compensaba verlas arrojar al fango sus máscaras de recato para gritar como unas guarras y por supuesto los cien euros que me daban con agrado y besos. Aquello pasó. Lo recuerdo con complacencia a pesar de que fue una etapa con días buenos y malos, tres años de mi vida lentos y pesarosos que me hicieron duro como el hormigón y frío como un témpano. Conocí a una chica y se derrumbó todo, fui incapaz de seguir, las viejas eran monstruos y ya no podía ni debía hacer nada con ellas. Se llamaba Lola y digo se llamaba porque ya no está, porque está muerta, porque yo la maté. Estuve con ella un año y fue la que me metió en aquello. No fue mal negocio mientras duró. Dinero fácil y su cuerpo terso y agraciado. Agarré con dos güevos el volante de un BMW talludito quinientos kilómetros de ida y otros tantos de vuelta dos veces por semana. Yo no tenía que hacer nada, ni siquiera hablar con nadie, sólo con ella y follarla cuando tenía ganas. Todo marchaba de puta madre, parecíamos un matrimonio feliz y vulgar, al menos eso me parecía a mí que aún guardaba con celo algún retazo inocente.  Pasó algo con el dinero, quizá se hartó de mí, no sé, lo cierto es que la maté con la pistola que buscaba en su bolso para matarme.  Me fue fácil discernir el dilema: o ella o yo. Fue mi primera muerte y no me tembló el pulso, tampoco al liarla a una sábana y tirarla a un pozo atada a un trozo de viga de hierro que encontré en una cuneta. Han pasado años y nadie ha preguntado por ella. Tal vez esto abra los ojos a alguien y le sirva para inculparme pero no me importa que tal me da ya una muerte que once. Once son las muertes que atesoro, no es para sentirse orgulloso. Pero está hecho. Sería absurdo obviarlo ahora que me he propuesto purgar mi conciencia entre otras cosas porque poco o casi nada tengo que contar de otras cosas.  Pero no se confundan. Mi vida  es una película aburrida. Un tostón. Una sucesión de situaciones repetitivas, a lo mejor no aptas para estómagos sensibles, pero terriblemente normal, escandalosamente aburrida. Una vida como muchas que conozco pero de esas que no se cuentan, de esas que escandalizan a la gente bien pero que abundan, vaya si  sé que abundan.
 Vuelvo a lo mío. Después de matar a Lola, de sacar los cinco kilos del agujero además del kilo que le había robado, podría estar una temporada al fresco (ya saben que la sombra me gusta aunque ahora la odie) pero antes tenía que desembarazarme de una inexcusable contingencia. Nuestro enlace era un tal José. Sabía que vendría a por mí.  Tenía el hándicap de que no sabía quién era, ni cuantos le acompañarían y que ellos sí me conocían a mí.
Me dejaron atónito el par de idiotas. Como en una película mala de la serie B confundieron la almohada bajo las sábanas en un cuartucho de hotel de carretera conmigo y sólo tuve que descerrajarles un tiro a cada uno en la cabeza y por la espalda mientras ellos dejaban la almohada hecha un colador. En el hotel había dado un nombre falso además de plantarme una coqueta barba, así que salí pitando con un 206 con la matrícula cambiada. Un diario local publicó sus fotos con un escueto “posible ajuste de cuentas” y ni una sola pista sobre el tipo que les mató, un hombre alto, agradable, con una tupida barba, dijo el recepcionista, y que conducía un Peugeot 206 matrícula tal. No sabía si vendrían más y me previne pero pasado un mes creí que no y me dispuse a destapar la olla de los seis kilos y disfrutarlos. Supe, entonces, las puertas inverosímiles que abre el dinero porque ya sabía las que cerraba el no tenerlo.
Me cebé con las mujeres. Lo planteé como un juego. Elegía y no cejaba hasta lograr mi propósito. El dinero hace milagros.
 Me seducía una actitud, un gesto, un trasero bien resuelto, el pecho (pequeño o grande pero prominente), por supuesto los ojos. Provoqué muchas fobias  porque siempre miraba a quién no debía, algún rifirrafe con algún  celoso marido. Algunas eran mujeres imposibles que me excitaban sobremanera. Pero había mucho psíquico en eso ya que una de ellas, Mari, la diosa de mis quince, casada con un policía que mató una bomba, una cuarentona de bandera, cargada de hijos,  y la verdad, no fue para tanto. No era la misma, claro que yo tampoco tenía las ideas de mis quince años. Fue un polvo aburrido y anacrónico que derrumbó ese mito que mantenía vivo y abarcaba a otras muchas. El iceberg avanzaba en mí congelando los últimos reductos. No me importaba nada, nadie, no mostraba ningún sentimiento. Mi madre murió, me enteré de casualidad y no fui a su entierro. Sí hice caso de una carta donde me citaban para abrir el testamento. Allí me enteré que a su pareja la mandó a hacer gárgaras, que vivía sola, que murió sola, que aún le quedaban algunos millones en el banco, además de la casa, claro. Me alegré, también me entristecí al remover el pasado pero no lloré por ella. Ni una puta lágrima derritió el hielo de mis ojos. Creo que soy un cabronazo y que jamás lloraré por nadie, no, para qué dudarlo, estoy completamente seguro. Me quedé solo aunque así estaba y volví pensar. Tenía dinero, el piso en que vivo, pequeño pero suficiente, y en caso dado podría vender la casa, probablemente por cuarenta o cincuenta kilos. Pensé que había logrado mi propósito y que salvo una hecatombe no necesitaría doblar el lomo para nadie, que podría vivir tranquilo, en ese sentido, el resto de mi vida, también, a ver,  que esto no era vida, que necesitaba un aliciente al que agarrarme ya que notaba un vacío y un frío terrible en las tripas. Me volví violento y muy irascible. Me giraba a hacerle frente a todo y a todos, yo que no había hecho otra cosa que defenderme. Nada me parecía real,  las personas me parecían bultos, estuve desquiciado y salvo alguna hembra, nada lograba despabilarme. Fue la mano tendida de una de ellas la que agarré con fuerza para intentar salir. No sé por qué se preocupó por mí. Yo era una piltrafa humana, un huraño de nula conversación y sólo les valía mi dilatada experiencia sexual. Esta me miró a los ojos y, me dijo,  sintonizó con ellos. Toñi se llama, o se llamaba, no sé. Logró despabilarme y enamorarme, aunque eso no era nada difícil, su físico lo merecía. Fuimos a su piso y lo hicimos hasta salirnos cardenales en ciertos sitios. Salvado el ahogo hablamos y hablamos mucho. Me pareció un poco pilingui, una leve fachada que celaba a una activista de cojones. Yo esas cosas las tenía presentes sólo de oídas y por la tele que las machaca a diario pero nunca me han preocupado. Soy afín a mi tierra, es la que quiero y me gusta para vivir, no concibo otra pero no mataría a nadie por ella. Necesito un pequeño espacio para vivir y qué me importa quién habite el resto. Ella me hablaba con pasión de su partido radical, con aversión flatulenta de partidos de derechas y de izquierdas y yo la escuchaba con atención, extasiado pero sólo de ella y de su ímpetu porque para mí la política es basura  ya que todos los partidos, prediquen lo que prediquen,  buscan el poder y el poder siempre es de derechas. Pero la oigo y me sirve de consuelo verme emerger del fango, sentirme vivo y tenerla. Daba igual lo que dijera, me gustaba su tono de voz, sus poses de matarife, me gustaba toda. Hablaba conmigo como a una multitud y con la misma pasión hacíamos el amor una y otra vez. Confió en mí y me habló de sus muertos, eran cinco como cinco medallas colgadas con honor, yo le hablé de los míos con la boca chica, no era lo mismo, a mí querían matarme, le dije que así cualquiera puede matar a alguien pero nunca como ella me estaba contando. Yo así no hubiera sido capaz. Ellos nos matan en cierto modo, decía, son enemigos de nuestro pueblo, esto es una guerra, Patxi. Fui un idiota pero mi punto débil siempre han sido las mujeres y yo a esta no quería dejarla. La acompañé a ciertos sitios, me presentó amigos y sin darme cuenta entré a algo que no quería, que me era ajeno a pesar de mi proximidad. Yo sólo quería estar con ella y ella estaba allí, con ellos. Me tenía cegado la insidiosa, ahora lo veo, pero entonces sólo veía por sus ojos. Son ganas de lamentarme. No se puede retroceder si las pisadas están marcadas de sangre, devolver la vida a esos cuatro inocentes. Ninguno me conocía de nada, ninguno vio mi cara, ¿por qué lo hice?, buena pregunta que no sé responder. Lo hice y no sé si me arrepiento o no porque ya no me vale arrepentirme, ¿quién pensará mejor de mí si lo hago, pensaré mejor de mí si lo hago? Soy peor que un animal. Yo era peor que ellos porque no era uno de ellos. Pero lo hice, fui con ella y la vi de cerca apretar el gatillo como quién toma una copa en una terraza o come pipas sentado en un parque. Disparaba y le entraban unas hambres tremendas, siempre tenía que llevarla a comer o a cenar, según la hora. Hablaba de ello satisfecha y se comportaba como si hubiera pisado a una rata. ¡Dios!, creo que eso era lo que me tenía atrapado, que hubiera alguien más frío, más endiabladamente malvado que yo, más una mujer. Y ocurrió sin pensar, como a un peón aventajado cuando un día falta el maestro, el mío, la Toñi, tenía que cargarse a uno que había echado güevos a no pagar  un impuesto y se levantó resfriadita. El infeliz estaba alentado a otros a hacer lo mismo y pensaron que clavarlo en una cruz a la vista de todos devolvería la paz a ese contexto. Me lo pidió por favor y no supe o no quise negarme. Le pegué un tiro a ese cabrón en la cabeza cuando abría su coche en el aparcamiento a las siete y media de la mañana de un veinticuatro de junio, el día de mi santo. Por su culpa soy un asesino, por ese desgraciado que inició una cruzada perdida de antemano. No se puede luchar contra nadie, contra alguien que no ves, contra un fantasma. ¡Jodido idiota! Para ellos fue ella quién lo hizo, al menos eso me dijo la Toñi, y que no me preocupara, que ella cargaría con mi culpa aunque nadie, jamás, se enteraría de nada, que esto era como un juego entre nosotros, y reía con ganas bromeando con ello la muy puñetera. Ahora lo veo, ahora que el mal está hecho. Y fue solo el principio. Cuando das el primer paso los otros siguen sin pensar porque no importan. A algunos ni siquiera los recuerdo. Su único pecado fue estar donde no debían, el mío estar con quién no debía. No se hubieran salvado de todos modos pero yo no lo habría hecho. Lo habría leído sin interés en los periódicos y quizá habría acompañado a alguna manifestación sin saber bien para qué. Pero tuve que fijarme en la Toñi (quizá ella en mí), después de tantas, una hembra de bandera, como tantas, sin conciencia, como muchas, pero sin alma, como ninguna. Algunas veces íbamos a cenar con Joseba y con un lameculos que no dijo su nombre. Parecía alguien importante en la banda y no se cortaba conmigo. Yo, en el fondo, me sentía un ser superior opinando jilipolleces sobre el futuro de un pueblo, del necesario lastre que había que ir arrojando a los cerdos, también les hablaba de mí, exagerando hasta lo inimaginable, pero solo para estar a la altura. Joseba sabía lo mío, ahora lo creo. No hubiera hablado de ciertos proyectos,  ni de los próximos trabajitos de la Toñi. Hubo un tiempo de cierta concordia y afinidad pero acabó como debía ser.
Aquel día, el que la Toñi me hinchó los cojones y rompí con ella dándole dos merecidas hostias, Joseba no tardó ni cinco minutos en aparecer y apuntarme con su Mágnum en la cabeza. Hubiera disparado, lo sé, si no le pongo al tiempo el cañón de la mía en la barriga. La Toñi sacó la suya y nos apuntó a los dos. Después nos reímos mucho. Yo no quería seguir con esa cerda y no sé por qué me dejaron marchar. No he vuelto a verles ni nadie, hasta hoy, me ha molestado. No he vuelto a saber nada de la Toñi. Hoy la recuerdo con horror, como a un monstruo y maldigo su existencia. No eximo la mía porque no soy un santo, nada comparado, no se rían. Tenía treinta y cinco años y me sentí liberado pero sólo de la Toñi y no de otras cosas. Ya no era el mismo, ni pensaba lo mismo, era peor si es que peor se puede. ¿Qué iba a hacer ahora, que nueva vicisitud de mi farragosa existencia sería capaz de encandilarme? Volví a mi piso como quién regresa a casa después de una guerra y recuerdo que amé esa etapa como a una mujer. Compré avío y estuve un mes  sin moverme pero no crean que me había vuelto monástico, no, necesitaba una mujer, quizá para que volviera a flote lo peor de mí.  Visité ciertos lugares y me revolqué con varias putas camufladas de señoras con traje chaqueta y bolso de domingo. Las huelo a distancia pero me hacía falta comportarme como un animal y vaciar con recalco toda la miseria que aún tenía adherida. A alguna le di miedo,  alguna repicó sus campanas, la mayoría me enfrentó con una activa indiferencia. 
Necesitaba más, remover bien el fondo para que el sabor tomara toda la sustancia. Pensé qué me quedaba por hacer. Pulsé la tecla de mi ordenador mental y fue conciso y escueto en sus dos respuestas: cambiar de acera, algo dantesco solo de pensarlo y una niña. Ni soñarlo. Le cortaría los güevos a quién fuera capaz de una cosa así. Me repugna hacer daño a un ángel. El amor debe ser un combate cuerpo a cuerpo y no una merienda de negros.  Perdonen, soy un degenerado, es obvio. Mi mente no cesaba. Se me ocurrió algo. Nada bueno. He mencionado la lucha y era eso, luchar, hacer el amor con alguien que no quisiera, robar el placer, arrancárselo de cuajo. La idea me sedujo y empecé a pensar, es lo nunca he debido hacer, pensar. Nunca he lucubrado nada de lustre. Esto sólo era una más de mis fechorías. Recuerdo que respiré hondo e intenté frenarla diciéndome: Bueno, vamos a ver, tengo dinero, soy joven, puedo emprender un negocio, casarme. ¿Casarme, tener hijos, alimentar inútiles con mi dinero?, me reí y me río. Yo no he venido a este mundo para eso, para nada que merezca palmaditas en la espalda, tenía siete muertos sobre ella y una conciencia que había ido a por habas. Esta opción sólo era una nueva experiencia. La premisa seguía siendo permanecer en el lado oscuro de la justicia, sin cruzar la línea donde se iluminara mi cara para los flases. Hasta ahora había tenido suerte y deseaba seguir teniéndola. Pero no le daba a todos los palos. En esto era un vulgar aficionado y lo peor: no tenía instinto de violador.  Ni necesitaba violar a nadie. El sexo sabía buscarlo o pagarlo. Esto fue como un juego, como me dijo aquella vez la Toñi. Pero lo hice, y acabó mal, como todo.  La gente creyó que este caso estaba relacionado con otros recientes en el barrio, consumados y sin victimas, y hubo una manifestación. Me uní y grité con ellos con brío. Pronto pasó todo. La gente olvida rápido. Una noticia entierra a otra si no hay continuidad, nada deseable por mi parte ni, por lo visto, por el verdadero psicópata. No me tilden de lo que no soy que quién no tiene algo de qué arrepentirse y ya he dicho demasiadas veces que lo siento. Pisé los cuarenta y me estrené en ellos con algo que debo empezar a relatar. En estos cinco años que omito pasó de todo y a la vez nada que edulcorase o gravase mi antología. Anduve solo y con las mujeres tuve una relación estable tres o cuatro veces por semana. Fue una etapa sedentaria, digna de vitoreo visto lo visto, y ni yo ahora que planeo sus entresijos logro verme, pero fue así y así debo decirlo. Eso sí, tuve que vender la casa de mi madre para no quedarme a dos velas y cuidar los cuarenta y cinco kilos, libres de gastos, como oro en paño. Era dinero y mirando por él no me faltaría, además ya declinaba la gana de juerga de mis veinte o treinta ni tenía con quién.  No quería ni pensar que tuviera que vender mi piso y verme de alquiler mis últimos días o en la calle como esos pordioseros que pateo, a veces. Ya digo, pisé los cuarenta. Fue un día de duro invierno. Había nevado durante la noche y podía patinar con la suela lisa de mis zapatos por las aceras. Estaba contento, eufórico más bien y no tenía motivo, sólo ese y deseaba tener un día diferente, pleno de las emociones de antaño. Fui a tomar churros con chocolate al bar de Iñaki, cerca de la playa. Las vistas desde las cristaleras permitían soñar y era normal ver a las gentes dilatar sus consumiciones con la mirada perdida, yo no, el paisaje era el de siempre y a lo lejos no veía nada, ni tenía que pensar nada que no supiera; me refiero a otras personas, a una señora, no demasiado mayor, fea,  que alternaba el paisaje conmigo. Me clavaba sus ojos de gata con aplomo, pero como de paso, yo sabía que no. No me molestaba pero sí comencé a notar ese cosquilleo que sube y me inunda idiotizándome. Es el preludio de lo que yo llamo amor, esa fascinación que embriaga mi morbosidad. Giraba en un taburete sus piernas cruzadas, sus pechos apretujados en el escote, su melena rizada y suelta sobre los hombros.  La imaginé desnuda y perdía mucho, vestida no, bien resueltas sus líneas para mis exigencias. Pocos gestos y pocas palabras bastaron para que un rato después subiéramos la prolongada cuesta hasta mi piso agarrándola por la cintura. Se llamaba Olga. Iba yo excitado y ansioso como hacía tiempo no me ponía una mujer, quizá porque esta era una señora, nada habitual en mis conquistas. Se rebelaba de su rigidez un justo contoneo, de su silencio su nombre, su viudez, el flechazo en el corazón que le clavó mi presencia sin poder evitarlo. Yo la manoseaba sin ningún reparo sorteando a la gente y me pidió paciencia pero yo de eso no tenía. La arrastré a un portal y la embestí contra la pared besándola y lamiéndole sin pensar la máscara de maquillaje, metiéndole mano  por los botones de la camisa hasta agarrar los pechos, blandos, demasiado blandos. Olga era fea de cojones pero yo no me daba cuenta, o sí pero me daba igual porque era hora de abrir nuevos horizontes, cotejar otras ramificaciones. Las feas siempre se quedaron apresadas en el tamiz y no les valía una silueta perfecta, así lo decidí después de mi periplo con las viejas. Esta no era demasiado vieja pero fea un rato largo y mal hecha, bien mirado, como una escultura a medio hacer. Pero ahí estaba yo, no me lo explico, enamoriscado de un adefesio. Me cegué en el portal y le di caña hasta que un señor que salía nos dijo unas frescas, recuerdo que le dije de buena fe: usted perdone, pero se me ha embalado la moto y no he podido frenarla. No me esperaba la reacción de ese engendro asqueroso diciéndome que bien podía frenar la moto con mi puta madre. No sé ustedes pero a mí me hirvió la sangre, mi cabeza se quedó bloqueada, rígida, como una piedra y no pude hacer nada, lo juro de corazón, no pude calmar mis sentidos, ordenarle a mi mano que no buscara la pistola en el bolsillo de la chaqueta para que no le disparase en la cabeza a ese mal nacido cuando ya se iba. Olga se quedó helada, yo por desgracia estaba curtido y sabía lo que tenía que hacer. El ruido intenso del tráfico amortiguó la detonación reduciéndola al oído de tres o cuatro personas que pasaban en ese momento pero ninguna se paró a mirar. Mejor para ellos. Agarré con fuerza la mano de Olga y temblaba. No temas, le dije, salgamos a la calle con naturalidad. Seguimos calle arriba. ¿Quién eres?, me preguntó Olga tartamudeando. Patxi, le contesté recordando el apodo que me espetó la Toñi. Volví  a abrazarla metiéndole mano y su carne se deshacía como el merengue. No era lo mismo, era lógico. Caminaba reticente como un cerdo al matadero. Yo no pensaba en eso, la verdad, cegado por el ansia que bullía. La prioridad era acostarme con ella y tiempo habría de pensar. Ya sé, ya sé lo que les rondará la cabeza pero no, también sé que Olga lo pensaba y a pesar que le decía esto o aquello para calmarla la notaba a punto de desmayarse o de salir al galope. Eso sí, le dije que de correr nada, que ya sabía como las gasto, que no fuera tonta, que con ella no iba nada. Qué fácil sería todo, recuerdo que dije a la gente,  no sé si para nadie, si en esta jodida vida la gente se sometiera sin rechistar al más fuerte, qué sentido tiene que luchen los que no tienen ninguna posibilidad. Olga me miró y cambió su actitud. No hablaba de farol, nunca me ha gustado farolear, yo soy de los que sirven para esto, nunca me ha temblado el pulso para hacer o dejar de hacer porque no he antepuesto ningún sentimiento a cualquier obligación, sólo me quería y me quiero yo y lo demás era y es todo mudable. También tengo mi corazoncito, joder, pero sólo para el rato que hay que tenerlo, sin malos rollos, sin tener que aguantar a nadie. ¿Que qué pasó con Olga?, pues nada que imaginen, nada que yo hubiera sospechado. Me parece aún mentira que esa señora desgarbada, con el maquillaje amojonado, por tanto fea como una mierda, temblorosa, tartajosa, un insignificante desecho humano, me engañara como a un chino. Quizá me confié porque no la creí capaz de nada que no fuera abrir  los brazos para abrazar su suerte. Hija de puta. Se repuso de la manera más sorprendente que era huir hacia adelante, una opción agradable porque se abrió distendiendo sus músculos, rígidos como un jamón curado. Quizá creí que aquella situación la puso cachonda, tenía reciente a la Toñi, no sé, yo estaba lanzado y como empezó a darme chance, no es por justificarme, reduje mis sentidos a dos y desguarnecí el sentido común. Pudo costarme caro y todo por el mérito absurdo de tirarme a una fea, porque fea era a reventar, ya digo. Me puso a cien y en el ascensor estuve a punto de liarla. Entramos al piso, ella con la camisa abierta y las bragas en la mano y yo con los pantalones bajados. A mi cuarto llegamos los dos en pelotas y como dos gatos saltamos a la cama. Aún hoy estoy estupefacto y en vano sigo sus movimientos sin ningún resultado, no sé cómo ni de donde cojones sacó las esposas y la rapidez  para abrazarme a un barrote de la cama. No tardó ni un minuto en vestirse e ir al baño a repararse un poco. Yo le escupía una perrería tras otra hasta que salió con una pistola en la mano que no era la mía. Hijoputa, me gritó sin ningún respeto, al fin te he encontrado, vas a morir como un perro, como te mereces. Me vi perdido, fue la primera vez y acojona, para qué negarlo. ¿Qué podía hacer?, sólo unificar mis fuerzas y atisbar cualquier posibilidad para no permitir que un monstruo con coño y tetas, cuyo único mérito hubiera estado en presidir en solitario y con honor mi rol de las feas, me hiciera daño. Nunca se lo he consentido a nadie, ni de palabra, ya saben, y este engendro no iba a ser menos, fueran las que fueran sus razones. Sigo. Estaba fija en mí, apuntándome con una pistola ridícula y yo sólo podía mover las piernas. ¿Quién coño eres, no te conozco?, le dije para intentar que se moviera o se acercara. Mataste a mi marido, cabrón, a un buen hombre que no te había hecho nada, estaba en la ventana cuando le disparaste para grabar en mi mente tu cara de cerdo, y como tal vas a morir, no volverás a matar a nadie, a nadie. Lo sabía, la emoción no es buena para estos casos porque está ligada a exponer razones, yo soy frío como un iceberg y hacía rato que habría disparado, ella no, deseaba recrearse o se lo estaría pensando porque ya dije antes que hay personas que sirven y otras, como ella, que no. Comenzó a mover los brazos diciendo no sé qué y se acercó sin pensar al alcance de mis piernas y yo me la jugué, no tenía otro remedio. La dejé noqueada de una patada en la barbilla y otra, al retraerse, en la oreja. Cayó al suelo como un saco de patatas, pero no estaba muerta y tenía que darme prisa. La siguiente misión, casi un imposible, era soltarme. Recordé que la cama no serviría para una exposición digna de mobiliario, que me costó dos pesetas en su día y que debería averiguar a tirones sus defectos. Elemental. Me costó sangre en las muñecas pero nada era peor que lo que esa gorila pensaba hacerme. Le busqué la llave en el bolso y se le volvieron las tornas. Ahora era ella la que ocupaba mi puesto abrazada a un barrote de la estructura principal, algo más sólido, y volvía a estar como debía haber estado sin rechistar, o sea desnuda  y dispuesta. Cuando tengo una idea en la cabeza  soy como un toro que embiste y lo de acostarme con ella seguía latente. Ahora era peor porque sangraba por la boca y el oído y repugnaba mirarle la cara pero quería oír jadear a una fea y por qué no esta, a pesar de todo. Sería  justo castigo antes de mandarla con su marido, que por cierto no sé quién demonios era. No fue un polvo para enmarcar aunque su forcejeo y gruñidos le dieron un regusto inédito. Prefiero obviar la manera en que me deshice de ella, imaginen lo que quieran, nada bueno, ya saben.  Y esto ocurrió recién cumplidos los cuarenta, en el día de mi cumpleaños, un día desabrido de enero.  Sé que me será difícil remontar el vuelo, les cuente lo que les cuente, porque algo bueno hay, cosas, pequeñas cosas que quizá no les sirvan, bondades de un corazón romántico, excelso a veces, ya les dije que no soy un monstruo del todo. Son las situaciones extremas las que me buscan y qué puedo hacer sino golpearlas o patearlas sin la menor consideración. No me meto con nadie, nadie que me ignore, entonces ¿por qué la gente no me merece?, ya, pero si yo tampoco quiero estar con ellos, debería haber un lugar para nosotros, no ese que estarán pensando y que ahora visito por un malentendido y por primera vez, cumplidos los sesenta y por un asunto leve, un par de noches me han dicho, no más,  me refiero a un lugar abierto, una ciudad, un paisaje, un bosque para nosotros, no sé, un mundo para nosotros aún dentro de este absurdo mundo que no me molesta, creo que así nos llevaríamos bien, vale, soy malo, lo entiendo, sé que no exprimo alguna virtud que sin duda tengo, pero somos tantos que debe haber de todo, como en cualquier película, buenos y malos, ya digo,  yo nací para esto, no sé cambiar, mejor dicho no voy a cambiar porque no tengo por qué cambiar, porque me gusto así, porque me mataría si fuera otra oveja más de la manada, así de claro, no, no me enfado pero vivan y dejen vivir, no es tan difícil. Mejor sigo, ¿creen que debo?, porque haber hay aunque en la edad uno se aploma un tanto y se va encerrando a verlas venir. Si lo hago es para que su condena no sea unánime, quizá alguna disparidad me consolaría, alguna, aún leve, división de opiniones, es difícil aunque debo reseñar que lo que piensen no me importa, eso sí y de antemano agradezco de corazón su paciencia. Bien mirado no sé esto por qué  lo hago, a lo mejor porque nadie lo sabe y me hierve dentro y debo contarlo aunque me descubran, ¿que tal me da morir, ya en las puertas, o que me maten?, no me crean, ni de coña, no les miento si les digo que no tiene sentido lo que he hecho si nadie lo sabe, sí, he dado en la diana, soy un jodido narcisista, entre mucho, supongo. Sigo. Han pasado veinte años desde aquello, veinte largos y cortos años, largos por nada y cortos por nada, la ilusión de vivir como magnifican  para mí no existe, yo he vivido siempre por vivir y sin más historias, día a día para cumplir un nuevo día, agarrándome a un clavo ardiendo, a una frágil ramita colgando en un acantilado, vivir es mi ley y punto. ¿El dinero?, bien, estricto pero suficiente que no es poco, tuve que racionarlo y sin esfuerzo porque el apetito, ese que ya saben, mermó sin remedio. Nada grave, aún sigo en plena forma una o dos veces por semana, de morro o de pago, normalmente de pago. Las mujeres son mi debilidad, una necesidad, epicentro de mis desdichas, de mis mejores momentos y jamás prescindiré de ellas. Feas no, por supuesto, me dan repelús, no me fío, no volví ni volveré a enfrentarme a las personalidades sumergidas bajo esa enorme frustración, una manzana podrida jodió el cesto y no quiero volver a recordarla en ninguna otra. Las prefiero rubias o morenas con el pelo corto, bajitas y por tanto asequibles, frágiles para desembarazarme de ellas con facilidad en caso dado, con aire juvenil y dicharachero, como inyección moral y espejo a mi atrofia; rejuvenecen mi espíritu, qué mas puedo exigirles a las pobres, consuelan mi debacle que no es poco. Hago memoria de estos veinte años, recuerdo lo bueno y lo omito, sólo quiero que sepan que está aunque no lo diga, sé que esperan al último si se han parado a contar, sí, ya saben que hay otro infeliz lapidado y el principal objeto de esta confesión es el homenaje póstumo de todos esos infelices y mi purga como una cucharada de ricino. Crean que me siento mejor y este, que no me afecta demasiado, no va a variar mi estado. Ocurrió hace poco, a mis cincuenta y seis años. Fue otra mujer, o un hombre, qué más da, para qué cansarles. ¿Serviría decir que amé a ese ser con furor y me pegó una puñalada?, no, ¿serviría decir que encontré un pilar para mi confianza, un oído ávido para mis secretos?, claro que no, ¿que no supo entenderlo, amar lo que soy, asumir su papel acurrucada en mi regazo?, por supuesto que no;  quiso ser protagonista y hundirme en este asqueroso lugar para siempre, ¿qué le había hecho?, nada, confiarle mi vida como a ustedes, mi profunda aversión a las leyes, a las normas establecidas, todas mis inconfesables neuras y contradicciones. No debí hacerlo. Se llamaba Adela y sufrí mucho la soledad que me dejó tras su muerte. Estuve tres años con ella, más que con ninguna otra mujer, salvo con la Toñi aunque aquello fue otra cosa, y la quise mucho, a mi manera, claro. Éramos una pareja feliz. Ella trabajaba de camarera y aportaba su parte y parte de la mía no trastocando mi economía espartana. Era un ángel, hermosa en su madurez, culta y callada, hacendosa en la casa, una fiera en la cama, incluso se dejaba pegar sin un mal gesto. Y todo va bien y aparece por arte de magia la maldita confianza, eso que nos obliga a conocernos para odiarnos. Estábamos bien hasta que cedí, no sé por qué lo hice, si pudiera volver el tiempo atrás lo haría. Y ahora confío en ustedes, pero no teman, me he cuidado bien de no plasmar ni un dato, ni un paisaje, nada real, salvo los nombres, ni yo les he pedido nada que implique conocernos, yo soy Patxi, el nombre que me espetó la Toñi. Pueden estar tranquilos y leerme sin ningún trasfondo que les juro no hay. La pistola yace en mi armario con el cargador vacío y la caja de las balas en mi caja fuerte, puedo tardar cinco minutos en tenerla a punto pero son cinco minutos para pensar, el once es mi número fetiche y no quisiera por nada del mundo superarlo. Cuando salga de aquí mañana, pasado mañana a lo sumo, enviaré estas hojas a un periódico por correo certificado y lo firmará Patxi y sé que no pondrán ningún reparo en publicarlo porque los muertos están ahí, en sus hemerotecas, en los crímenes sin resolver.  Podré ver las reacciones, las opiniones desde un lugar privilegiado, silencioso, podré verme en ustedes, será estupendo, terriblemente refrigerante, espero. Voy a cerrar esto. Piso el presente y aquí hay poco o nada que contar. Sólo reseñar que después de estar toda mi vida controlando el whisky éste se ha desbocado y es él quién me controla a mí. El culpable de mi arrebato de ira con aquel fornido guarda jurado de la discoteca y al que le partí las piernas con una barra de hierro. Me insultó al salir y no me importaba porque llevaba una tajada de pronóstico reservado pero mentó a mi madre, ya saben. Hurgué en mis bolsillos y maldije cualquier nombre santo que escupió mi boca, tenía la pistola sin balas, mala suerte, entonces rastreé el descampado de enfrente a oscuras y tropecé con una barra de hierro corrugado, me hubiera dado igual un tablón o una tabla con un clavo, ese deslenguado, que no me esperaba, tendrá que unir sus huesos si quiere volver a andar. Mi borrachera fue un atenuante importante y definitivo un buen abogado y una cantidad importante bajo cuerda que le dimos a ese muerto de hambre, cedió porque juré que le mataría, debí haberlo hecho, si no declaraba que me apuntó con su arma reglamentaria sin motivo aparente. Lo que más me dolió es que se llevó casi todo lo que le robé a Adela cuando desvalijé su piso después de matarla y que guardaba para mis vicios. Tuve que recortar aunque no para el whisky y las putas, eso es sagrado, a estas alturas la única razón de estar vivo. Y a pesar de todo he pisado  por primera vez en mi ajetreada vida este antro cochambroso, sólo tres días me dijo mi abogado, y ni un minuto más, le dije yo. No me ha venido mal, vuelvo a estar sereno, me ha servido para relajarme y pensar, de nuevo pensar, reflexionar y abrirme de una vez por las bravas mostrando, algo es algo, una silueta informe. ¿Quién soy, cómo soy?, qué les importa, soy Patxi y esto que acaban de leer son algunos retazos de mi vida.




Humm, retomo mi historia unas horas después de creerla acabada. La vida es perversa, diabólica, una caja de sorpresas, ¿les suena algo eso que se dice que los malos siempre la cagan y la pringan?, pues algo así acaba de ocurrirme y con quién menos imaginaba. Se llama Arnold, es un apodo por lo de Shwarzenegger, aunque mejor decir que se llamaba Arnold el que hasta hace treinta minutos era mi compañero de celda. Acaban de llevárselo. Era una niña bajo esa máscara de increíble Hulk. Eso era lo malo, una niña chismosa y cotorra como todas las niñas, y yo no me di cuenta. Confié en su aspecto de malo, malísimo, compinche adecuado para, después de ponerse cansino lo indecible y estar leyendo casi todo lo que estaba escribiendo por encima de mi hombro, permitirle que expresara su opinión. ¿Cómo podía imaginar que se quedaría transpuesto, blanco como la harina un tío malo, malo, malísimo,  hasta hartarme de decirlo?, ¡pero si me dijo que había matado a dos tipos! Soy un imbécil, qué voy a descubrirles que no sepan. Me pudo el ansia por divulgar mi obra sin pensar en el lugar en que estaba metido.  Estaba perdido. Era una cotorra y tenía que matarle y arrojar quince hojas, al menos, al váter, no sabía si por ese orden. Pero no pude controlarme. Tengo ese punto muerto donde la mente se queda aislada como un refugio en la montaña y actúo como un zombi, no recuerdo nada, sólo que cuando volví en mí el gigante ocupaba todo el  suelo de la celda con el cuello roto. Puse oído, todo estaba tranquilo, nadie parecía haber oído nada así que me dispuse a destruir con todo mi dolor esa inconsciente confesión anónima. Pensé que mi abogado, ese bicho, lo arreglaría todo a su manera. Supongo que les dirá que este tío se ha vuelto loco e intentó matarme. Un caso claro de defensa propia. Pero no he tenido tiempo. Haciendo pedacitos la primera hoja con el título: Retazos y el autor: Patxi, y tirando de la cadena me han pillado con las manos en la masa.  Esto que escribo ahora lo hago en los bordes de una hoja de periódico recortada de esas que usamos para limpiarnos el culete. Mi legado está en sus manos. No sé qué va a pasar ahora ni el porqué sigo con esta vena compulsiva. No debo tener miedo. Diré que es un esbozo para una futura novela, una novela negra, negrísima, nada que me afecte personalmente porque no hay datos que me impliquen, al menos eso espero.
El día se acaba. Las primeras sombras de la noche atraviesan los barrotes. Pronto oscurecerá. Pronto apagarán las luces y pasaré mi primera noche encerrado. No merezco esto, yo soy así y volvería a hacer todo lo que he hecho, lo bueno y lo malo. Lo único que no quería ni muerto era trabajar y lo demás ocurrió sin saber evitarlo. Quizá sea malo pero ¿qué es ser malo cuando se hace lo que se cree justo? Yo siempre he hecho lo que tenía que hacer, es todo, joder, esto es un coñazo, llevo cinco tiras de papel rellenas y se acaban, tendré que numerarlas o arrojarlas al váter, no sé bien qué, ¿por donde iba?, no sé, ¡ah, sí, la Toñi,  ¿la Toñi?, ¿por qué la recuerdo siempre?, a ese ser repelente y dañino, para qué mentirme, nada ha sido lo mismo sin ella, puedo jurarlo... Se acaban la hojas de periódico, también oigo pasos, un zapateo rítmico. Pongo oído.  Son seis pies al menos. Se detienen en la puerta de mi celda. Dicen mi nombre, yo lo niego. Soy Patxi, les digo, no conoz…

(de "En cierto sentido", 2006)

No hay comentarios:

Publicar un comentario