juanitorisuelorente -

sábado, 19 de noviembre de 2011

ODIO ENTRE HERMANOS


No descubro un Nuevo Mundo al afirmar que el pilar esencial de todo hombre es la familia.
Familia que es el cordón umbilical que no se corta al nacer, el hilo invisible que nos ata a nuestra gente y por ende a nuestra tierra. Hilo que nos guía tras la lucha diaria a ese regreso a casa donde se respira de otro modo, donde se disfruta la vida de fuera desde dentro.
La familia es nuestra fortaleza, ya que con sudor le hemos ido construyendo un muro alrededor porque somos celosos de nuestras cosas, de nuestras costumbres.
La vida que espera afuera precisa de otra actitud, otros gestos y palabras donde cabe poco la ternura, donde anida con frecuencia el beso frío y el amor del amigo traicionero.
Vida afuera para el ser o no ser, para la suerte o el infortunio.
Y regreso siempre a casa a los cálidos brazos, a las miradas hondas, a recibir y mostrar lo que se es. Amor sano, a corazón abierto, y ajeno a las cosas materiales.
Es nuestro paraíso interior, y entonces ¿qué induce a abandonarlo?, ¿qué mueve al reniego, al odio, a romper todo vínculo racional con uno mismo?, ¿qué obliga a hacer daño a un padre, a una madre, o a un hermano?
Dar la espalda, odiar, renegar de la propia familia conduce a la soledad, a caminar sobre la cuerda floja en el vacío de la existencia.
Y no tiene motivos ningún motivo. Nada justifica tamaña aberración, tamaña falta de humanidad, nada.
Hay silencios que apuñalan dentro como en la vida afuera, palabras que matan vida, y como consecuencia dejan abandonados a vínculos inseparables donde crece el bosque, la zarza y la araña.

Razón tendrá el descerebrado, argumentos que empuñe con soltura, piedras que tire con saña y puntería. Así creerá compartir su dolor, creerá dar justo castigo a lo entendido, a lo sentenciado.

Bien.

Supongo que habrá influencias que determinen ciertas actitudes, compañías con palabra de rey, decisiones que repita el correo que va y viene, pero quién corta cabezas es el verdugo, quién masacra a su familia es el verdugo, ejecutor que debería explorar algún espejo donde mirarse a conciencia, ejecutor que debería, piedra en mano, sopesar si es él el que está libre de toda culpa.
Ejecutor, y además juez sin juicio previo, que corta la piel de los sentimientos heredados con una navaja –de doble filo- y deja la carne, la sangre, al sol para que se pudra.


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