juanitorisuelorente -

sábado, 14 de abril de 2012

HUIDA (Novela corta, 1ª parte)

(NOVELA CORTA, QUE ESCRIBÍ HACE ALGUNOS AÑOS, SIN PUBLICAR, QUE OS PONDRÉ EN TRES ENTRADAS -TIENE UNAS 100 PÁGINAS- SI VEO QUE TENÉIS INTERÉS)










                                                                                                                                               
                                                                                  
                        


Recorre mi mirada la estancia.
Podría ser cualquier día al oscurecer. Dos sillones confortables, dos personas atemperadas a la familiaridad de un televisor comunicándose con las miradas. Podría ser hoy, esta tarde, cualquier tarde desde que vivimos en ésta casa hace dieciséis años, desde el día de nuestra boda hace dieciséis años y podría ser mañana, cualquier otro día y no sé si podré soportarlo. Pero no soy infeliz. Luché por el trabajo que tengo, docente, me enamoré de una bonita muchacha con la misma idea y de su mundo lineal, como el mío. La miro y es hermosa, callada y sigo enamorado de sus ojos que saben hablarme.
Construimos un sueño en ésta casa de dos plantas, amplia, luminosa y vivo demasiado tiempo en  mi sillón apegado a una cristalera  desde donde puedo ver en una carretera cercana, personas que viajan, que van a cualquier parte.





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Respiro un nuevo día.
Recorro a pie el corto trayecto a la escuela en ésta sucia y fea  pero amada ciudad donde nací. Abro a caras nuevas los mismos libros, les repito mis palabras, las mismas palabras.
El timbre me sacó del sopor en una clase de estudio.
-         Estudiad para mañana la pagina quince. Haré preguntas al azar
El mismo sonido al levantarse, el mismo murmullo generalizado hasta el silencio profundo del aula vacía.


-         ¡Hola, Agustín! – es María Teresa, una profesora de la escuela que conozco desde niña y aún así me aturde su presencia
-         ¡Hola!, ¿qué tal tu clase? – intento recoger algo que ya he introducido en mi maletín y ella sonríe
-         Son unos demonios, sólo les interesa  jugar
-         Como niños de su edad
No dejó de mirarme hasta que acomodé mis papeles en el maletín. Me conocía demasiado bien y no sabía engañarla.
-         Te veo deprimido, Agustín, deberías confiarme qué te ocurre
-         Ojalá lo supiera
Caminamos en silencio y al despedirme acaricié su mano, la besé en la mejilla y fijé la mirada en sus ojos azules, en su cara de resaltes suaves, en su pelo negro, largo y suelto.

No se retrasó Mariola. El  BMW se hizo dueño del sonido en el ambiente de la casa sobre las dos de la tarde.
-         ¿Estás en casa, cariño?
Entra en la cocina y nos besamos. Hoy viste un pantalón negro muy ajustado  y un suéter ancho de color azul que han resuelto bien su mediana estatura. Acaricio su pelo rubio, corto, suave, me derrite su sonrisa abierta, el brillo de sus ojos, siempre como un delicioso regalo.

Ella daba clases en un pueblo cercano, a ocho kilómetros y durante la comida comentábamos cualquier mínima incidencia, alguna noticia relevante, hasta hacerse dueño el televisor de nuestro silencio.

-         ¿Qué te parece si el fin de semana hacemos un viaje? – le dije casi sin pensarlo
-         ¿Para qué?, mejor que aquí no estaremos en ninguna parte
-         Lo sé pero no quiero que se convierta en una cárcel
-         ¡Qué cosas dices!, para mi esto es un como un paraíso, el sueño de mucha gente

Era cierto. Volvimos loco al Arquitecto en los bocetos hasta la idea definitiva. Teníamos terreno, dinero y las ideas claras. Las adaptamos a la normativa y como en un hechizo nació la imagen de un sueño, dos plantas y sótano con multitud de resaltes y salientes de cubiertas en un estilo indescifrable de revestimientos mezclados en ésta ciudad que se alejaba poco a poco, sin freno, del  arraigo andaluz. Amplios espacios y mucha luz, también un  jardín en un pequeño invernadero exagonal  al que Mariola dedicaba un buen rato todas las tardes.



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Me llamo Agustín Sánchez y muevo desde hace rato un bolígrafo que no se atreve a acercarse a una hoja llena de tachaduras entre las que no se aprecia una frase coherente. Recorro a demasiada velocidad el páramo desolado de edades donde sólo recuerdo cosas que no he hecho, cobardes huidas hacia adelante escudando mi miedo en toneladas de libros y tomando de la vida lo necesario para subsistir olvidando al mundo que giraba a mi alrededor y cruzaba en línea recta con mis ojos cerrados.
Hoy estoy mudo y vacío y no sé qué puedo escribir si no son deseos o sueños olvidados que me recuerda a gritos mi alma arrinconada por la nausea. Sentado al fin en mi sillón de rey presido mi existencia vana trivializada en el ansia de conseguir algo que hoy  sé  que es nada, multitud de materia convertida en fango que me ahoga.
Me llamo Agustín Sánchez Pérez y me siento ciudadano de un mundo muy pequeño, el mío, habitante de un cielo reducido a mi mirada, dueño de una vida que arrastra mi burbuja a mi paso, dentro mi trabajo, mi casa, mi coche, mi dinero, también mi mujer a la que observo ahora inmóvil frente al televisor sin mirarme mientras destrozo  estas líneas con mi rabia.
No puedo escribir y quedarme. Avivo el fuego de los recuerdos y huyo al rescate de ese ser que pudo y no soy, lejos, buscándole. Miro su reflejo en mi cara y veo un monstruo o un idiota y me río, río a carcajadas pisoteando el tiempo hasta buscar la inocencia en mi mente desierta que volaba al mar de las palabras.
Me detuve en mi principio, en el umbral de mis ojos, en las risas y el  llanto, en las caras desconocidas que me ofrecían su mano para caminar lentamente, descubriendo la vida que me tocaba vivir, hasta que me detuve súbitamente en la puerta equivocada.




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Ésta tarde  Mariola cuida con esmero  su jardín y salgo a pasear. Hace buena temperatura en éste día de invierno soleado y  mucha gente pasea por  las calles.
Presidía en la plaza la cafetería “Los Cisnes”, innovadora en sus detalles de arquitectura, sin duda  la mejor de la ciudad.
Entré y me acomodé a una banqueta en su barra circular. Pedí a María, la joven y atractiva camarera, un café y un periódico provincial para ojearlo.
Después continué mi paseo hacia el centro de la ciudad deteniéndome en escaparates sin siquiera mirarlos, despreciando al tiempo, asesinando a sangre fría y por la espalda a otra tarde que no tendría recuerdo.
A mi regreso Mariola me regaló un cálido beso y su cuerpo desnudo antes de la cena, profundas palabras de amor e intensas miradas, maravillosa pasión que vivía hoy a merced de la corriente, presagiando la tormenta.


  
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“Las visiones de Yohanna” sonaba a todo volumen reiteradamente en mi viejo tocadiscos un día a mis trece años y hasta aquí no me importaba lo que había ocurrido antes. Sentía profundamente la música que envolvía mi alma rebelde. Huía de las reglas y me deslizaba por los límites ajeno a las tradicionales miradas. A ésta edad descendí del tren y lo vi alejarse.
Recuerdo que estudiaba  3º de bachiller elemental en el Instituto “San Juan” de la ciudad y a pesar del interés hasta ese momento y las buenas notas anteriores simplemente dejé de hacerlo porque pensé que ya sabía lo que deseaba.  Alcanzaría  el final de éste curso de las rentas  y el siguiente para lograr el graduado justito como una máquina a la que se le acaba el combustible. No pude explicar nada a los profesores, a mi madre, tampoco a mi mismo. Fue en mi interior como una orden que levantaba de su tumba de tedio a mi alma.
Éste año la clase era mixta y me gustaba mucho María Teresa, sobre todo sus ojos azules y sus muslos apretados cuando salía a la pizarra. Recuerdo que me decían en clase “El empollón”  hasta este momento y ella se enfadaba  cuando lo oía.
Llevaba ese día una falda corta azul de pliegues y una camisa blanca en la que bailaban al andar, jugando con mi imaginación,  unos senos muy desarrollados. Se extrañó que la mirara y mucho más que me acercase a ella.
-    ¡Hola, María Teresa!
-         ¡Hola, Agustín!
-    ¿Te importa si te acompaño?
-         Al contrario
Su sonrisa despertaba mi sonrisa, su universo tierno mi aspecto más desarrollado de hombre.
-         Nos ha extrañado a todos que fallases tanto en el oral. Es raro en ti – dijo casi avergonzada
-         Si, bueno – titubeé – no sé qué me ha pasado
-         Pero lo dijiste bien la semana pasada, recuerdo que...
-         Lo habré olvidado... – no sé por qué a ella no deseaba mentirle – o quizá lo supiera y me haya apetecido callarme
-         No te entiendo, ¿Qué pretendes conseguir con esa estupidez?
-         No lo sé, estudiar es importante pero no es lo que ahora necesito, quiero ser distinto, construir algo que nadie haya hecho antes – contesté
-         Estudiar  te ayudará en todo lo que desees hacer
-         Desde los seis años veo en mi vida libros; palabras, números. Tengo trece años y no recuerdo nada de estos siete años. No he jugado y no hablo con nadie si no es de la siguiente página de  un libro o de un examen. Esto se acabó. Quiero lo que deseo, vencer ésta estúpida timidez.  Hoy no sé como he tenido valor para acercarme a ti.
-         Me alegro de eso – me recreé en sus hermosos ojos azules al mirarme - pero pienso que el futuro es más importante y  ya tendremos tiempo de vivir y de hacerlo bien
-         Puedes creerme, no será suficiente. Sé lo que digo. Si piensas así cuando cumplas los cuarenta y con todo logrado querrías vivir tus trece años
-         ¡Qué tontería! – me gustaban sus gestos al mirarme, las muecas de sus labios al pronunciar, las sombras de nuestras siluetas marcándonos el camino
-         Creo que dejaré los estudios. He escuchado a mi alma quejarse y me ha revelado su sueño. Lo tengo decidido
-         ¡Qué cosas más raras dices! Y de veras que lo siento porque me pareces inteligente  y te sería fácil lograr una carrera
-         ¿Y tú, qué pretendes conseguir de todo esto?
-         Nada relevante. Ser una simple maestra como tantas otras. Me gustan los niños y éste ambiente
-         No te será difícil – llegamos a la esquina donde debíamos separarnos y me detuve frente a ella – Maria Teresa – susurré – puedes confiarme cualquier cosa, de corazón, como a un buen amigo – me ofreció su mano
-         Tú también - dijo
Nos despedimos y me entretuve para mirarla hasta que giró en una esquina y me sentí lleno de algo que desconocía, que oprimía mi corazón y hacía estallar mi atonía.
Consciente, daba una vuelta de tuerca a la sinfonía de mi pasado, un pasado que volvía a vivir, de nuevo joven con mi espíritu maduro.



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Era martes doce de Enero, el día de mi cuarenta cumpleaños. Mariola me había dado la noche anterior mi regalo, un bote de colonia de marca y una corbata roja que colgué junto a mi traje preferido esperando alguna cena o la boda tardía de algún amigo.
La miraba dormida y me atormentaba el daño consciente que podía hacerle mi mente dudosa. Era sombra en mi desierto, un barco para un naufrago a la deriva, que soy sin remedio, incluso  como luz a un ciego.
Era todo para mí, sin embargo…


Recordó  María Teresa la fecha  y al acabar la clase se acercó a felicitarme, también un compañero y el director de la escuela. Salimos los tres bromeando con el declive que supuestamente iniciaba hasta irnos separando y continuar con María Teresa hasta la plaza.
-         No te apures que no es ninguna frontera que te impida regresar a    
          tu esencia – me decía aún entre risas
-         Podemos ser a cualquier edad un niño o un anciano – dije
    -         ¿Qué eres tú?
-         ¿Para ti?, siempre aquél niño tímido que frenaste en su huida
Sonrió y volamos juntos hacia el recuerdo del momento en que ella se acercó a mí en el instituto y enfrentó sus palabras a mi silencio. Callamos. Caminamos en silencio ofreciéndonos todo el cariño que podrían estropear las palabras.



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Llegaba a mi barrio cuando la palabra “empollón”, machacona en su acento, envuelta de risas y alguna piedra me bajó de la nube a la vida que ya no era la mía. “El Flecha, “Marianico” y “el Pirulo” no me daban miedo  y me acerqué a ellos. Se extrañaron de mi actitud y me esperaron desafiantes.
-         Me gustaría jugar con vosotros – se revolcaban de risa, no podían creerlo – lo digo en serio
-         ¡Vete a la mierda!


Mi hermana, asomada a la puerta, entró al interior a avisarle a mi madre de mi llegada.
-         Hoy te has retrasado – dijo mi madre. Se llama María y aún viste de luto la muerte prematura de mi padre hace nueve años
Ayer le hubiera contado que he hablado con una chica pero preferí guardar mi primer secreto.

Mi hermana, en cuanto tuvo ocasión, me puso cara de asco porque a una íntima amiga suya le había metido mano.
-         Eres un guarro – me sopló al oído cuando “Blonde on blonde” giraba dispuesto - ¡no volveré a juntarme con esa!
-         ¡Pero si no ha pasado nada!. No seas tonta, tu amiga ni siquiera me gusta – Luisa no me importaba nada, ni me excitaba recordar su pecho plano como una tabla ni sus manos torpes y era mejor ver volar las cenizas
-         Eres un cerdo. Los hombres sois todos unos cerdos – gruñó antes de alejarse


Vivíamos bien. Éramos una familia acomodada con fincas y varias casas alquiladas pero nada ostentosa. Ni atisbo de exceso administrando mi madre nuestros cimientos para el futuro. Eso sí, veda abierta a los libros y a algún vinilo a llanto y pataleo y así, flotando  en mis sueños, siempre presentes, los juguetes de otros.


-         ¡Hermana! – no le gustaba mi música y la sujeté cuando se dirigía a la calle – no deberías pensar sólo en los libros, hay cosas también importantes
-         ¿Sí, cuales, barrer, fregar, casarme con un gilipollas?



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La imagen transparente y persistente en el paisaje de María Teresa se transformó como por hechizo, al acercarme a mi casa, en la de mi amada Mariola. Busqué las llaves  y me dispuse a olvidar un nuevo día de mi vida. Ni siquiera había visto el BMW y un Golf en la puerta. Encendí la luz.

-         ¡¡Feliz cumpleaños!! – Mariola y mi hermana María irrumpieron con alborozo en mi mente ausente. No podía creerlo

Mi hermana, profesora solterona, vivía en la capital desde hacía unos años al trasladarla desde su anterior destino en Granada y nos veíamos como mucho dos veces al año. No solía visitarnos en los cumpleaños.
-         Los cuarenta son el final de la cuesta arriba y hay que dar ánimos – me dijo ante mi sorpresa – he cambiado una clase con un compañero para comer con vosotros. Mejor al mediodía pues no me gusta conducir de noche – tenía una fuerte personalidad, sobras que yo echaba en falta
-         ¡Vaya, cuanto me alegra verte! – las besé a las dos – tienes seis meses que contarme
-         ¡Tanto!, lo recuerdo ayer. La verdad es que no ha ocurrido nada
-         ¿Aún no te has casado?
-         No te guasees de tu hermana – Mariola fingió enfadarse
-         No me río. Me jode su soledad
-         La soledad persigue a solteros y a casados – era altiva, prepotente, imperturbable pero un corazón abierto para quién supiera verlo
Sobre la mesa mi comida favorita, cordero,  y una tarta de moka dispuestas a servir de mártires a mi estómago.

-         ¿Sabes que tu hermano está escribiendo una novela? – era una novedad y Mariola no dudó en contarla
-         No sabía que te gustara escribir. Siempre te ha gustado leer y escuchar esa música odiosa a todo volumen. ¿Y qué escribes? – preguntó
-         No puedo decírtelo – dije – además, es sólo un amago y no sé si un buen día lo quemaré todo
-         ¿Por qué?,  no creo que sea lo que sea no merezca la pena. Pienso que es la mejor manera de hablar lo que no podemos o sabemos decir a la cara
-         ¿De verdad no te sientes sola? – le dije, eludiendo el tema
-         Para nada. Tengo amigas con las que me reúno a veces y muchos niños alrededor como si fueran mis hijos
-         Nosotros no podemos ser más felices ¿Verdad, cariño? –  dijo Mariola
-         Sí, es cierto



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Pisé firme la senda desconocida, la que haría realidad los deseos olvidados y comencé a recordar.
Buceé en mi vida, en las mismas personas, en su misma actitud, siendo yo la única diferencia.
 Mi mirada gacha se elevaba asolando a las miradas que no sabían mantenerse. Sabía lo que quería y cómo lograrlo. Era fácil, sólo vivir como había hecho antes (por la nueva senda a golpe de machete) los retazos hibernados que me desvelaba paso a paso esa cavidad secreta en mi corazón.
  No me sentía en una novela, era real y no deseaba ser dueño de ninguna voluntad, sólo la mía.


Llamó mi atención “el Pirulo” y me acerqué. No me pareció tan fiero sin compañía y estaba preparado, sin embargo su actitud había cambiado.
-         Queremos ir a la antigua mina, ¿Vienes?


No quería ser un desalmado pero sí hacer lo que hacían, sentirme al borde del abismo, estar con ellos entre los grupos de niñas ligeras y no imaginarlas consolándome en la más absoluta soledad. Quería probarlo todo  para después deslizarme por las alambradas como una rata.
Pronto supe jorobar a otras personas clandestinamente, robar cosas innecesarias por el puro placer, disfrutar del sexo sin amor. Era suficiente.

No olvidaba a María Teresa que vivía su doble vida con la misma natural intensidad. Pero era incapaz de decidir ahora, eclipsado por demasiadas cosas nuevas.



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Despedimos a mi hermana.
Abracé la cintura de Mariola mientras observábamos su parsimonia en sentarse al volante e iniciar la marcha y imaginé que era yo quién se iba, despidiéndome con la mirada fija en el horizonte, comenzando mi viaje cruzándome o al mismo sentido que cientos de rostros anónimos, personas que huían, como yo, hasta sentirme lejos de todo que no de mí pues era una sombra alargada que regresó a su base,  aturdiéndome,  como el despertar de un sueño ininteligible.

Dedicó un rato Mariola a su jardín y yo dormí en mi sillón. Me despertó sobre las ocho.
-         He traído la película de Yimou que te gustaba. La veremos durante la cena
-         ¡Ah, gracias! – tenía ganas de verla pero no puse demasiado entusiasmo, me agradaba el cine de Yimou, su poesía visual,  pero me resbalaba la psicología oriental hoy que era incapaz de adentrarme en la mía.
Aguanté la película  hasta el final y me gustó pero respiré aliviado en los títulos de crédito. Mariola estaba dormida y por costumbre sintonicé  una cadena al azar que no le hablaba a nadie pues me acurruqué en mi sillón con una nueva hoja en blanco dispuesto a encauzar el futuro de mi pasado.




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Hacía unos meses que había cumplido los catorce y se aproximaba el final del curso. El cinco como un ejército dominaba mi libro de notas sin interés en perder o conquistar nada ni siquiera en Literatura o Pintura que era donde mejor nadaba sin necesidad de moverme. Cansada de discutir conmigo, mi madre hablaba constantemente de otras opciones pero yo aún no tenía nada claro. Sí, en cambio el afecto a María Teresa que entorpecía gratamente con su presencia cualquier sueño hasta reducirlo a cenizas.

-         Pronto dejaremos de vernos – me dijo al salir de clase bastante nerviosa acunando sus libros – me iré a Granada a continuar los estudios
-         Pero no será para siempre – puse las manos en sus hombros  para calmarla. No se atrevía  a mirarme – podremos vernos durante el verano
-         Ya lo sé pero no será lo mismo – del brillo de sus ojos azules rebosó una lágrima y la abracé con todas mis fuerzas
-         Piensa en mí aunque estés lejos y me notarás a tu lado. No estaré nunca lejos de ti 
Secó de su cara la senda abierta a las lágrimas y no le importó que la vieran otros compañeros que pasaban besarme en los labios.
-         Pídeme lo que sé que sientes y me quedaré - dijo
-         Deseo de corazón ser el mejor amigo de una bonita maestra – le devolví el beso y cogí su mano temblorosa para seguir caminando

La cara de mi madre auguraba tormenta que ya se encargó mi hermana de avisarme con gestos ostensibles en la calle al verme llegar. Me obligó a sentarme en la mesa y de pie frente a mi empezó a gritarme sin dejar de moverse.
-         ¡No pasa ni un minuto más!, ¡No consiento vagos en ésta casa!, ¡Todos éstos años  esforzándome para que tú hagas con tu vida lo que te da la gana!, ¡No lo consiento! – se ponía más histérica al notar que no lograba amedrentarme
-         Tranquilízate mamá que no es mi intención ser un vago, más bien todo lo contrario
-         ¿Qué quieres decir?
-         No entenderías que esa vida no me hará feliz y quiero rectificar a tiempo aún a riesgo de volver a equivocarme
-         No te entiendo. ¿Qué qué?
-         No puedo explicártelo y siento decirte que de ninguna manera quiero ser maestro
-         ¡Me partes el corazón! – se sentó al fin con la mirada perdida
-         ¡Madre! – le cogí la mano – yo no quiero ser como los demás, hacer lo que todos hacen, quiero hacer mis propias cosas, tener mis propias ideas y construirlas
-         ¡Un artista! – respiró vencida - ¡Un jodido artista!
-         Quiero pintar, quizá escribir
-         Tendrás que ir a alguna escuela o taller, ¡qué sé yo!,  para esa estupidez - susurró
-         No. Lo haré por correo, además pienso trabajar cuando acabe el curso
-         ¿Trabajar, en qué?
-         Quiero ser albañil
-         No lo consentiré, eso ni muerta
-         Lo siento, madre pero estoy decidido 


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Estoy despierto y aún no ha amanecido aunque un leve destello en las sombras anuncia el albor de la mañana. Miro al despertador y son las siete de un miércoles trece de enero. Un día clónico que no sé por qué recuerdo su cara y su nombre, tal vez porque es mi primer día en el arduo camino en los cuarenta. Una anécdota y pronto me olvidaré de ellos entre fecha y fecha señalada como atrapado en una masa gelatinosa. Viéndoles, siempre, sin saber separarlos ni siquiera en los interminables fines de semana.
Apoyo la cabeza en mis manos con los brazos en jarras y fijo la mirada en un punto del techo. Y me alejo, me alejo al infinito.
Mariola abraza dormida mi cuerpo atrapado en su inmovilidad como poseyendo un tesoro sin saber que el interior estaba lejos, abrazaba con ternura inconsciente un cuerpo vacío, un cuerpo inmóvil del que recibía calor.
Y todo era hermoso y extraño. Era feliz y estaba triste. Gritaba al viento mi plena libertad y estaba triste como un pájaro que vuela ausente hasta que se tensa y le estira la cuerda en su pata.
Regresé abriendo los ojos como platos al despertador que sonaba. Eran las ocho.


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Mi madre clamaba al cielo y ya lo había visto otras veces.
-         ¿Qué ha ocurrido, Señor?, ¿Por qué ha cambiado?
-         Soy el mismo, mamá
-         Ya no te juntas con tus amigos  de siempre. Ahora vas con esa chusma. No te entiendo
-         Mis amigos son unos idiotas y estoy harto de comedia,  ¡Pasear, ir al cine, nada de chicas!. además éstos no son chusma, son personas
-         De ellos no aprenderás nada bueno
-         Mamá, de lo bueno o lo malo siempre se aprende
-         Reconoces que es malo
-         Reconozco que para saberlo hay que vivirlo
Salí al patio y busqué en el porche entre los discos “Los tiempos están cambiando”. Penetró a todo volumen en mis oídos y en el aire profundo que respiraba diluyendo las lloreras de mi madre y canté machacando las notas a mi hermana que me miraba recelosa sin entender mi rebeldía.

María Teresa en los últimos días del curso se sorprendió negativamente cuando decidí decírselo
-         ¿Albañil?
-         No te sorprendas. Puede ser algo hermoso. Ver nacer cosas con tus propias manos, moldearlas, dispersas por la ciudad haciéndola más hermosa. Desnudarlas y vestirlas a la moda o caprichosamente, ¿no crees?
-         Es un trabajo duro para personas que no puedan aspirar a otra cosa, no para ti
-         Esto es lo que deseo pero no quiero ser uno más entre todos sino distinto y fosilizar mi huella además también voy a estudiar pintura por correspondencia. Sabes que me gusta
-         Sí y lo haces bien pero… – se irritó de pronto y pataleó - ¡No es serio lo que me dices!
-         Pensé que lo entenderías. Lo siento
-         Siento que arrojes tu vida a la mierda – gritó  y se alejó de mi a toda prisa, pensé que para siempre

Me sentí solo, soportando las miradas de los compañeros que pasaban y la fijeza de una niña rubia, canija, algo menor que yo y que no había visto antes. 



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Treinta minutos.
Tiempo programado suficiente para sin estorbarnos en el aseo y el desayuno, salir por la puerta distanciándonos desde un beso hasta nuestro trabajo yo a pie y ella en coche a pesar de la cercanía y la distancia empleando más o menos el mismo tiempo.

Como cada mañana no entraba en clase hasta no haber visto y saludado a María Teresa. Hoy vestía un traje chaqueta marrón y me ofreció su mejor sonrisa.
Tras de la puerta treinta y nueve adolescentes cesaron su algarabía al sentir girar la manivela y me dieron los buenos días casi en una sola voz.
Me gustaba el tema que ocupaba buena parte de la clase, la poesía del siglo XX e intenté disfrutarlo aunque conocía cada verso del libro y destrozaban su sentido los titubeos  de los alumnos que leían.
Llegué a casa y limpiaba Jacinta, una vecina, viuda muy entrada en carnes, que lo hacía a fondo los días trece y catorce de cada mes. Estaba en casa todo el día y comía con nosotros. Nos saludamos cariñosamente con un beso y continuó su labor ajena a mis miradas furtivas. 

                                                      

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El padre de “El flecha” era Maestro de Obras y me ofreció trabajo en su empresa a primeros de julio.
Puse todo mi interés regalando esfuerzo; también en mis ratos libres iniciando el curso de pintura.
Fueron varios años de prácticas envuelto de un terremoto permanente al que no me costó adaptarme   - al mal humor de mi madre, la prepotencia de mi hermana, la indiferencia tal vez forzosa de María Teresa - de la manera más simple que es huir hacia adelante.
Con dieciocho años lograba mantener en pie  pequeñas cosas en mi trabajo y me aficioné a  retratar  en lienzos a  mi ciudad  entre algún amago que nacía  recogiendo mi tormento.
Y raras veces salía con mis amigos. Fumaba y bebía aunque no en exceso y muy de vez en cuando hacía el amor a Adelina, una espigada y sucia morena que se acostaba con todos.



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-         ¿Qué te parece mi jardín? – Mariola después de la comida se recreaba en él desde la ventana y me acerqué abrazándola por la espalda
-         La verdad es que las flores no deben quejarse de tus manos
-         ¿Y tú, qué opinas de mis manos?
-         ¿Soy una flor de más de tu jardín? – la hice contonearse eludiendo mis cosquillas
-         No digas eso. No seas tonto. ¿Qué te ocurre, te veo extraño éstos últimos días?
-         Tú no te reduces a tus manos – dije en un doble sentido estúpido eludiendo su pregunta
-         El resto también te adora
-         Pero no soy ningún rey al que adorar
Su sexto sentido le hablaba a voces. No giró la mirada, se acurrucó en mí observando en la lejanía.
-         ¿Recuerdas el día que te fijaste en mí a los dieciocho? – dijo
-         No lo he olvidado. Podría describirte como si te viese ahora
-         Fuiste con otra chica a la fiesta y la dejaste tirada para estar conmigo
-         ¡Pobrecita!, dejó de hablarme. Me dejaste aturdido y no supe reaccionar
-         Me invitaste a bailar y me hizo mucha gracia lo patoso que eras
-         No sabía, nunca me ha gustado
-         Desde entonces no nos hemos separado. Casi toda mi vida he estado contigo,
 mucho tiempo antes de aquel día
-         Eso es nuevo para mi
-         Desde los diez años me quedaba embobada cuando pasabas por mi lado. Enamorada como una tonta de tu aire huidizo abrazado a tus libros 
-         Un empollón centrado en su mundo. No veía a nadie
-         Era una niña flacucha y lisa como una tabla. Abriste los ojos para verme en el baile y me hubiese muerto si no te gusto
-         Un hechizo del que me costó recuperarme
-         Desde siempre tú estabas cerca para poder mirarte. Me enfadaba mucho cuando se te acercaba la solterona
-         ¿María Teresa?
-         A esa prepotente la hubiera estrangulado pero tu actitud era muy distante con ella
-         Era horriblemente tímido
-         Dime, ¿Te gustaba aquella chica?
-         Ahora es una buena amiga y no tiene sentido recordar eso
-         Te seguía muchas veces y intentaba pegarle a esos niños odiosos que se reían de ti. Te veía con tus amigos y me reía al verte reír, me sentía triste cuando tú lo estabas
-         No te recuerdo. Puedo jurártelo
-         Respiré aliviada cuando mi cuerpo comenzó a gustarme pero no hice nada para que te fijases en mi, sólo estar cerca y esperar
-         Aquel día me impresionaste y no te había visto antes
-         Dime, Agustín, ¿crees en el destino?
-         No lo sé, tengo dudas. Dos personas pueden estar predestinadas pero también creo que hay muchas situaciones que influyen
-         ¡Qué tonto eres! Yo te amaba sin saber quién eras.  No sé por qué sabía que eras para mí
Se volvió para perderse en mi mirada despegando sus labios a los que no puede resistirme.




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Flotando en el universo la silueta de un hombre maduro observaba a través de una ventana otras muchas ventanas como peldaños de una escalera descendente y en ellas desdibujado, casi imperceptible su cambio en el tiempo hacia su principio era sin duda mi mejor obra y me sentía satisfecho viéndola entre todas en la gran sala de la Casa de la Cultura de mi ciudad dispuesta para abrirla al público.  Una exposición que coincidía con las fiestas de julio y había aceptado el Ayuntamiento  al considerarla en su fiel retrato de la ciudad cuanto menos, en la ocasión, interesante.
Al fin una leve satisfacción para mi madre, alegre como una niña en su interior mostrándome su fachada de roca. No sabía engañarme, era tierna como un gatito y quedó muy satisfecha.
-         Estoy orgullosa de ti –  entre el jolgorio y los halagos de sus amigas se acercó y se despidió con un  sonoro beso

Podían ver la ciudad pintada  como en una colección de fotografías. Era simpática, curiosa para los vecinos. Con  el tiempo podría ser objeto de culto pero yo sabía que éste no era el camino y aunque fuese la herramienta de mi formación me interesaban mucho más quienes opinaban sobre los lienzos que estaban entremezclados. Diferían demasiado del resto y eran como un reto, en el fondo mi verdadera pasión y sentimiento hacia esa vocación que manaba de lo más profundo de mí.

Me rompió el corazón María Teresa que paseó hermosísima sus diecinueve años entre un grupo de amigos  regalándome  un gesto seco sin acercarse. No importaba, pensé que la amaría siempre a pesar de todo.
Muy efusivo mi grupo de colegas, orgullosos  ante los presentes de mí sin entender nada mi trabajo. Candorosa mi hermana lejos de su actitud distante que solía molestarme. Autoridades dispersas con sus parejas, personas influyentes de diversas áreas  y golpecitos en el hombro.
Uno de los días casi a la hora del cierre, distraído con en el desenlace de una novela, no había reparado en una muchacha menuda de pelo rubio corto, suave y delicadamente resuelta su figura, de espaldas a mí y abstraída en mis cuadros más surrealistas. Saltaba, tras un buen rato de reflexión, de uno en otro,  obviando las postales de la ciudad.
Dejé el libro y me acerqué lentamente sin dejar de observar sus gestos elocuentes. Se giró a mirarme y mi corazón galopó sin control como un caballo desbocado. Su cara era un oasis en el desierto, demasiado frecuente de mis ojos, una cara perfecta para pintar a una Virgen.
 Sonrió el atropello de mis  primeras palabras. Creí conocerla aunque no estaba seguro.
-   Le interesa la pintura – balbuceé
-   Me gusta
-   ¿Qué le sugiere éste cuadro? – mi timidez era exasperante y sentía rabia
-   Refleja su estado de ánimo
-   ¿Mi estado de ánimo?
-   Parecen sombras que impiden acercarse  la luz a sus ojos, como un amanecer en un perpetuo amago
-   ¿En serio?
Su mirada penetró en mi interior estremeciéndome.
-   Creo conocerla. ¿Es de la ciudad? – acerté a decir con atropello
-   Nací aquí. Ahora estudio en Granada para ser maestra. Me llamo Mariola – me ofreció su mano suave y cálida 



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Un día más  navego a mar abierto. Reina la calma y me siento incómodo, angustiado. No disimulo mi actitud y Mariola lo nota, también María Teresa que al saludarme me pregunta qué me ocurre. No ocurre nada y nada puedo contestar.

Acabo  la clase como alma en pena siendo el murmullo al salir de los chicos un tropel de grillos en mi cabeza.

Penetra entre ellos una voz tierna, como una mano amiga.
-   ¿Cómo estás, qué te ocurre, Agustín? – dijo María Teresa preocupada
-   No lo sé, creo que no es nada – ni siquiera podía mirarla – un descenso inesperado a mis infiernos
-   Debería verte un especialista. No puedes estar constantemente deprimido
-   Pero ahora es el Cielo donde me siento
-   ¡No seas tonto! – dijo poniéndose colorada
-   Me ocurre siempre cuando te veo – al fin pude apoyar mi mirada en sus ojos
-   Me alegra mi influencia externa porque no te consentiría otra cosa – solía defenderse de mí o de ella misma
-   No te asustes. Sólo eres  una gran amiga a la que quiero demasiado
-   ¡Vaya, qué sorpresa! – dijo con ironía para ponerse muy seria – sabes que por ti haré cualquier cosa que esté en mi mano
-   ¿Invitarme a un café en “Los Cisnes”?
-   De acuerdo pero no ahora que es hora de comer
-   ¿Ésta tarde a las seis?
-   Vale

No dije nada a Mariola de la cita y me excusé con un paseo. Hacía una bonita tarde aunque algo fría y paseé hasta un momento antes. Me senté en una mesa apartada y no tuve que esperarla. Brillaron sus ojos al verme y desnudó el abrigo largo su figura tantas veces dibujada.
-   Has sido puntual – dijo
-   Acabo de sentarme. He estado más de una hora paseando. Hace una tarde estupenda, demasiada calor para ser  enero
-   No me gustaría que esto fuese una cita que se pudiera malinterpretar – dijo amparada en su inaccesible muralla
-   No seas infantil. Somos dos amigos que han coincidido casualmente y toman  un café juntos
-   Pero no es así
-   Sólo quiero hablarte. Contarte cosas y que tú me cuentes...
-   Mi vida es terriblemente aburrida y hermosamente estable, ya lo sabes
-   No te has casado...
-   Fue una opción hasta hace dieciséis años, ¿No es eso lo que deseas saber? – la amargura arañaba sus palabras
-   Lo sé y saberlo me parte el corazón. Siempre has estado muy lejos de mí
-   Juegos de niños. Agua pasada. Aunque  nada  impedirá mi aprecio. Yo te querré siempre
-   Mi timidez era una coraza. Temía que me rechazaras y perderte del todo. Fui un idiota
-   Ha pasado y no tiene sentido recordarlo. Ahora me alegra que seas feliz, también por Mariola. No deseo de ti más que tu amistad sincera y tu respeto a Mariola
-   Sería incapaz de hacerle daño, la amo demasiado.  Pero tú de alguna forma también estás dentro de mí. Un amor distinto al que me he sometido. Ya no sufro aunque a veces desearía abrazar tu soledad y resarcir la culpa que pueda haberte ocasionado
-   El destino nos mantenía cerca pero no para escribirlo juntos
-   ¿Tú también crees  que el destino es impuesto? – temblaba su mano y deseaba apretarla pero me contuve – Si no hubiera sido tan tímido, si me hubiera acercado a ti con otras palabras, quizá habría sido distinto
-   No lo creo y dime ¿por qué tus dudas, por qué ahora? – preguntó resurgiendo desde lo más hondo
-   Porque soy feliz. Soy tan afortunado que he llegado al final de mis sueños y no sé continuar.  Tengo cuarenta años y he conquistado mi montaña. No sé vivir más, amar más, ser más de lo que soy. Ahora mi vida vive el pasado buscando donde me equivoqué y  el porqué
-   ¡Qué bobo eres!, da igual los errores que hayamos cometido, ya no hay remedio, y recordarlos sólo hará que crezca la rabia. Yo estaba destinada a amar a la persona equivocada, así de simple, así de terrible. Tengo claro que si retrocediese en el tiempo no podría pasar por tu lado sin verte ni enamorarme de otro
-   A eso me refiero. Cuando nos conocimos no había nadie en mi vida ¿qué nos hubiera impedido estar juntos? Lo demás hubiera resbalado porque no tendría sentido
-   Siempre nos ha separado una barrera, tu timidez, mi familia y sus aires de grandeza, las distintas universidades, Mariola. En éste momento también nos impide perder la cabeza el sentido común – no le importó coger mi mano al verme perdido en mis ideas – Debes volver a quererte como eres que es como yo te quiero
-   Estoy escribiendo una novela – le susurré mi secreto
-   ¿Qué?
-   No es exactamente una novela. Es algo difícil de explicar
-   ¿Escribes algo difícil de explicar? – no disimuló su asombro
-   Es un viaje al pasado y doy vida a mis deseos olvidados, aquellas cosas que no he hecho y me roen por dentro
-   Pero así es absurdo, Agustín,  dominas las voluntades. No es serio. Me parece una estupidez
-   No entiendes nada. No sé que ocurre pero sólo domino la mía, lo demás gira con vida propia y lo reflejo tal y como siento que ocurre
-   Te será fácil dominarme, encerrarme en una mazmorra y destrozar una hermosa amistad
-   Por eso quería hablarte. Es mucho peor que eso porque no logro acercarte a mí y sin proponérmelo ha aparecido Mariola como una diosa a la que adorar
-   Te lo dije




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El veintiuno de julio era el último día de la exposición y en la hora del cierre no había nadie por lo que me dispuse a recogerlo todo y embalarlo en cajas atascando, en improvisado furgón, mi SIMCA 1200. Había tenido alguna petición de compra aunque no en firme y debía estudiar el precio para visitar a los interesados. No era mal principio y me debatía entre números cuando Jacinta los dispersó como una bomba.
Jacinta era una limpiadora con la que me cruzaba todos los días en la salida, bien entrada en la cincuentena y en carnes, y que me regalaba algún movimiento lascivo creía que intencionado aturdiendo los cimientos de mi símbolo de mujer en la extrema delgadez que hasta ahora había enfrentado.
 Quedaba algún cuadro colgado y soltó la fregona para mirarlo.
-   Pinta usted muy bien – dijo sin dejar también de mirarme
-   ¿Le gustan?
-   No se fíe de mi opinión pero sí que me gustan – me miró agachándose a coger el cubo y al descolgarse sus senos mi cuerpo dio un vuelco - ¿Le importa si  friego por aquí?
Dejé de tocar los cuadros para no dañarlos y me perdí en los movimientos de su enorme trasero al compás de la fregona, de la piel blanca gemela de sus generosos pechos que bailaban al agacharse. Frenó en su trabajo al notar mi mirada insistente y después de mirarme fijamente desabrochó algún botón de su uniforme para alboroto de mi corazón.
-   Cierre la puerta – me dijo subiéndose la falda azul y tendiéndose sobre una alfombra
No pude pensar pero deseaba como un loco subirme encima de aquella mole y apagar el fuego como un héroe solitario. Acabé exhausto cuando tal vez ella no había comenzado pero no era éste el lugar adecuado para relajar la mente. Temía que alguien con llave pudiese entrar así que calmamos el ansia para volver a nuestra tarea. Pero el fuego no se había apagado y tras asegurarme de que no había nadie cerca entré de nuevo en ella recreándome ahora en el tiempo para su agrado. Fue intenso y aún la apoyé sobre una mesa para hacérselo una tercera vez.
-   Es usted una fiera – dijo contoneándose agradecida

Me recompuse y lo recogí todo rápido para salir de allí frenando enrabietado algún que otro amago.



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Mariola despertó de un programa de televisión y se giró al oírme entrar al salón. Me acerqué a besarla.
-   ¿Es interesante? – le pregunté
-   ¡Bah, basura! Pero me mantiene distraída ¿Y tu paseo?
-   He ido a “Los Cisnes” y estaba María Teresa. He tomado un café con ella – no podía evitar molestarse pero preferí decírselo
-   ¡Esa bruja!
-   ¡No seas tonta! Ha sido una charla entre dos buenos amigos. Será siempre una amiga aunque a ti no te guste – apretó los labios y parecían los de un pato - ¿Estás celosa?
-   ¿Yo? – se levantó y se acercó a buscarme las cosquillas y abrazarme – ¡pues claro que estoy celosa!. Y mucho más de esa que sé que te importa
-   Sólo me importa como amiga
-   Me fío de ti – me besó – pero ella no me gusta
-   La juzgas mal. Debería presentaros
-   Sé que no debo ser su amiga – ahogó mi respuesta con sus labios, con su lengua juguetona
-   ¿Se ha ido Jacinta? – dije al parar a tomar aire
-   Podemos hacerlo aquí mismo
-   Creo que no me apetece
-   ¡Qué sorpresa, sería la primera vez! – sabía mostrarse como si no la hubiese visto antes, el mismo manantial de agua nueva, fresca donde sumergir mis manos y dejarme arrastrar hasta ser parte del río de palabras de amor y caricias

Efímero paraíso.
Estaban entrelazados nuestros cuerpos desnudos en el sofá y sin embargo vagaban mis ojos cerrados por un horizonte de desolado y silencioso desierto.  Mariola, plena, dormía satisfecha y segura. Abrí entonces los ojos y me libré de su lazo de seda para ponerme de pie  y mirarla rociando de ternura su cuerpo que había madurado en mí, evocando tantos hermosos recuerdos, también imaginando en ella a María Teresa con su cuerpo distinto y sus ojos abiertos.


TO BE CONTINUED...

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