juanitorisuelorente -

miércoles, 9 de enero de 2013

LA PRIMERA


Me acurruco al pasado. Y desnudo un episodio de mis dieciocho años. Penetro en él, en un otoño del setenta y seis, en un año de trabajo esporádico, de una crisis soportable, cuando me proponen una oferta inesperada, el revestimiento interior de un chalet en el campo, que no dudé en aceptar pese a que había acabados que no había ejecutado nunca, y ni siquiera visto hacer, o sea de los que no tenía ni idea.
A mi favor las ganas de aprender y esa decisión que se ganaba sin duda las confianzas; también, como no, la suerte, y en particular la que tuve en lo que voy a relatar: la construcción de
la chimenea.

  • Quiero una chimenea francesa – me espetó el dueño casi a última hora de la tarde y cuando me disponía a hacerla
  • Vale
  • ¿Las has hecho francesas alguna vez?
  • Claro, he hecho varias – contesté sin pararme a pensar y sin que me crecieran la nariz y las orejas
  • Vamos a ir, si quieres, a ver la de un vecino, porque la quiero como esa, pero que no se parezca en nada a esa, y que sea mucho más bonita que esa
  • Vale
Vi el cielo abierto. Viendo la chimenea del vecino, y sin acercarme a ella, usé la computadora mirándola de reojo mientras los tres hablábamos ya de otras cosas: “Mmmm... once macizos de altura...2,5 de fondo, un metro aproximadamente de ancho...el tabique se vuelca a partir de la quinta fila...la campana tiene treinta cms de anchura...”
Solo faltaba un detalle pequeño pero crucial: la anchura de la salida de humos.
  • ¿Gasta mucha leña? - le pregunté
  • Pues sí, sí gasta
  • Seguro que le han dejado la salida de humos demasiado ancha
  • No sé, mira a ver
¡Uf! Quince centímetros. Lo memoricé todo, y en el coche mientras se despedían anoté lo que pude.

A pesar de todo dudaba -normal-, y esa tarde tras dejar en la ciudad a Pedro, mi ayudante, me desplacé a Linares para comprar un libro sobre chimeneas. Nada, solo lo podía conseguir bajo pedido y no tenía tiempo. De internet, entonces, aún ni rastro.

Así que, al día siguiente y con el dueño asomado a mi cogote, empecé a construirla como si las hubiese hecho toda la vida.
Quedó preciosa -y no solo lo digo yo-, original, y lo más importante, que es por lo que eluden la mayoría su ejecución, funcionaba de maravilla. Y aún hoy, me cuentan -treinta y siete años después-.
  • ¡Artista! - gritó el dueño eufórico al prender la paja y comprobar que el humo seguía el camino que debía- ¡si ya sabía yo que tú entendías de estas cosas...!
  • Claro Juan (se llamaba como yo), esto es pan comido

Ya ven. Encendí una vela a la suerte. Y salió bien. Y esa chimenea trajo otra, y otra, y así hasta firmar cientos junto a las obras correspondientes. Al inicio de mi andadura empresarial yo era llamado Juanito el de las chimeneas. A muchos les he hecho obras de envergadura por ellas. Otros solo me han llamado, y me siguen llamando, para que por favor -por lo que valga, suelen decir- les diga qué demonios les pasa a la suya, mascullando todo el rato que en qué mala hora no me llamaron a mí. Tiene guasa la vida... y gracia la cosa. Y es fácil, no crean, aunque más ahora que ya sé.

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