Un día me desperté con algo
que hacer. No era lógico. Y acojona. Más porque debía pasar entre tanta gente
parada, toda la ciudad. ¿Qué les podía decir? “Apártense, por favor, que tengo
que hacer esto u aquello”. No debía. Me mirarían mal. Como a un bicho raro. Y luego
vendrían las murmuraciones y el señalarme con el dedo. No. No está la vida para
eso. Hay que pasar inadvertido. Hacer ya no se debe hacer.
Está mal visto. Y menos
así, como el que va de listo o privilegiado. Y bien mirado no era nada de
lustre, ni siquiera recompensado ya que nadie me había llamado para hacerlo,
porque ya nadie llama, para esto ni para nada. Había salido de mí, un hacedor
que aún no sabía estarse quieto. Hacer lo de todos. Mirar, mirarse, fruncir el
gesto a unos y a otros, no mover un músculo en todo el día y cruzar apenas
cuatro palabras. Yo no servía para eso. Ya ven. Tenía en la cabeza una tarea de
cinco minutos o de todo el día, según la gana, y no se lo había dicho ni a mi
mujer. La dejé dormida. Me escurrí como una serpiente de la cama y crucé la
ciudad con disimulo, sin saludar apenas a la tropa de madrugadores, hasta que
avisté campo abierto. Di algunos saltos de alegría. Como el que se libera de una
pesada carga. La hierba casi cerraba el camino. No se oía ni un pájaro, ni un
solo animal. Pobrecitos. Tampoco necesitaban hacer nada. Ni piar, ni gruñir, ni
moverse. No te jode. Y yo encabezonado. A dos kilómetros me esperaba un pequeño
olivar que no visitaba desde hacía años. ¿Para qué? Nada ha sido lo mismo desde
aquel aciago día –en mi opinión- en que
a una mente lúcida se le ocurrió inventar éstas dichosas partículas –deliciosas,
es cierto- que impregnan todo el aire de la madre Tierra para no necesitar
comer. Y yo me empeño en trabajar. Para nada. A lo mejor porque antaño fue el
sino de mi vida. No sé. Pero bueno. Cincuenta olivos frondosos -imagino-, cuasi
salvajes, despendolados, a la virulé -eso seguro-, esperan que un tarado eche
la gota gorda, sude hasta caerse muerto, arrancando hierba o sesgando alguna
rama…
Es muy dura la vida del agricultor.Recuerdo que mis padres arrendaron una finca y sembrábamos en ella toda clase de hortalizas que luego maduraban todas de golpe y nadie compraba porque todos habían sembrado lo mismo, y debíamos dejarlas perderse en las matas sin llegar a recuperar ni siquiera el coste del agua de riego, que era de a peseta el minuto.
ResponderEliminarUn abrazo, Juan
Con 21 años también teníamos en casa un huerto a 5 km, y yo era el único que iba, y también me estaba acabando el piso a ratos, y la novia por otro lado, así que tiré la azada y le dije a mi padre, bueno no puedo traducir lo que le dije algo cabreado, pero sí que el campo para mí está ahora -no se puede decir nunca jamás- para ir de paseo o a buscar espárragos...o para comerme una paella cuando me invita mi hermana jeje
ResponderEliminarUn abrazo amigo Juan
Muy bueno Juan.
ResponderEliminarMe gustó el microrelato.
Besos
Tantos inventos a lo largo de los siglos, Marian, y a nadie se le ha ocurrido inventar que no necesitemos comer, y así de paso trabajar. Mi hija me ha dicho: vaya una gilipollez que has escrito, papá. ¿Que qué le he contestado?, pues eso, que a veces me canso de escribir poemas...de ver la tele...de pasear...-de trabajar, por supuesto-. y esas cosas...
ResponderEliminarUn abrazo Marian