juanitorisuelorente -

sábado, 31 de agosto de 2013

HUIDA AL INFIERNO (De "En cierto sentido")


















Me pidieron 1,80 € por el café. Me resistí a pagarlo.
No era un hotel de lujo ni recordaba haber visto alguna estrella acompañando el nombre de éste antro vetusto, descolorido y polvoriento.
Quizá al ser el único abierto a estas horas intempestivas por estas sierras le daba algún derecho. Quizá sólo el derecho de abusar de mí, una chica sola, rubia, de aspecto sexy y algo tonta (yo sé que no y me vale). Quizá porque el camarero barrigudo, sesentón al menos, con camiseta sudada de tirantes como inútil armazón de un bosque velludo, sabía que no volvería a apoyar mis tacones de marca en un suelo de madera sembrado de colillas y que crujía como una vieja chocha.

Dos esperpentos robotizados ocupaban su lugar perpetuo en la barra, y digo bien porque levantaban el vaso con cadencia programada y al unísono, porque no se giraron en ningún momento a mirarme y eso nunca me ha pasado.
Tampoco lo hizo el camionero del tráiler negro, un fornido sujeto con melena por los hombros, que aparcó su camión monstruoso al tiempo que yo llegaba y engullía ausente un bocata de jamón en un extremo de la barra.
A ninguno le importaban mis quejas, ni al camarero que esperaba con inusitada indiferencia mi respuesta. El café aguado y aquel lugar cochambroso no merecían discutir, era absurdo, tampoco el dinero, una cantidad irrelevante. Pero no me gusta que me engañen y estaba tan irritada que necesitaba pagarlo con el primer capullo que se me pusiera a tiro. Pensé que ésta bola de sebo sudorosa no era el caso. Pagué y salí de allí a una noche fresca y respirable. Entonces noté demasiadas miradas acuchillándome la espalda, y a mis piernas, ahora sí, sobre todo a mis piernas. Así son los hombres, siempre lo han sido en mi vida, burdos y traicioneros, bah, pensé, qué importan, qué me importan. Eran más de la una y tenía demasiadas cosas en qué pensar. Jamás había tomado ésta carretera a pesar de no vivir demasiado lejos, mucho menos de noche. Era estrecha y con demasiadas curvas. Hace tiempo que no conduzco. Debía tener cuidado. Y tranquilizarme. Pero la imagen de Luís tirado en la cocina sobre un charco creciente de sangre no era lo mejor para lograrlo. No podía quitarlo de mi cabeza. ¡Luís, Luís!, menudo hijo de puta. Tardé dos años en darme cuenta. Veintitrés meses de matrimonio en supuesto paraíso y un mes columpiándome en el infierno. No pude esperar a razones porque ya no había más razones. Desperté y abrí la lata del cerebro de aquel dictadorzuelo de pacotilla para echarme para atrás el hedor a sesos caducados. La vida no es la que era, yo no soy la que era, ya no soy de esas, ya no soy de nadie. Ese ha sido el tema y el final lógico para una relación amo-esclava.
Enciendo un Malboro y aspiro el humo con presión para que inunde mis entrañas. Toso sin remedio, también mando un buen manojo de nervios al garete. Apoyo los codos en el techo del Megane y miro a la carretera desaparecer en una oscuridad que da escalofríos. Me recuerda el túnel del terror que me estremeció de niña. Debía pensar. Huía sin pararme a pensar. Estaba convirtiendo un caso demostrable de defensa propia en un asesinato. Podría ser la muerta y eso me alivia. “La víctima nº.., “, como pregonan en escala creciente los telediarios. Tuve suerte. Ser una rubia frágil y parecer tonta le hizo confiarse. Ésta vez es un hombre el muerto. Deberían erigirme heroína y colgarme una medalla. Pero no, seguro que me pondrán unas relucientes esposas antes de comenzar a hacerme preguntas; preguntas, preguntas en días interminables intentando averiguar qué ha pasado. Lo he visto en demasiadas películas. El muerto coloca, por mudo, al vivo en el culpable más directo. Yo lo tengo claro. No voy a consentir que cualquier capullo con uniforme me ponga la mano encima, ya se lo consentí demasiadas veces a un maltratador, a un despótico machista que sólo me quería para follarme, para que le tuviera a su hora los platos en la mesa, sin olvidar la casa limpia y la ropa sin una arruga. Para eso se casó, me dijo, ¿para qué si no?, me preguntó sin rubor y sin esperar respuesta; yo respondo por él: para que ejerciera con sumisión el oficio no reconocido de ama de casa, sin pagar seguridad social y sin soltar por derecho ni un duro que no fuese ese goteo sistemático y con convencimiento de causa.
Tuvo que ocurrir aunque esperé con una paciencia encomiable a devolverle el primer golpe y a tener cuidado de no fallar, por mi bien. Tuve suerte y supe aprovecharla. Está muerto y no me arrepiento. Para nada. Juro por lo más sagrado para mí que es mi difunta madre que no me arrepiento. Está hecho. ¿Y ahora qué? Estoy en un momento de mi vida que sé que decidirá el resto. Nada será peor que estar con ese monstruo. Pero ahora estoy sola. Estar sola es aterrador. No tengo adonde ir ni familia de fiar. Sólo puedo vagar hacia ninguna parte, hacia lugares que no conozco, donde no he vivido nunca. Entonces recalco que huyo sin motivo porque ya no hay de quién huir, sólo de los fantasmas que pululan por mi mente. Estoy de nuevo sola y no debo temer nada ni a nadie. Iré a un lugar lejano donde nadie me conozca, a nadie le importe. Cedo. ¿Y si regresara?, hace menos de una hora que le maté, el chalet está algo aislado, no suele ir nadie. Dos años ¡Dios!, recluida allí como una monja, soportando la visita semanal de su madre, una vieja arpía que jugaba a destrozarme los nervios, y alguna visita esporádica a María, una vecina del otro lado del río que siempre tenía las mismas cosas que contarme.
¿Y si lo dispusiera todo para que pareciese un suicidio?, ¿quién iba a sospechar de mí, tan niña mona, tan frágil?, ¿Cómo iba yo a enfrentarme a semejante monstruo? Le ocurrió algo, tuvo algún problema que no me contó y se atravesó la barriga con el cuchillo de la cocina. Yo me llevé un susto de muerte. Me será fácil fingir porque sólo tengo que recordar la escena para ponerme a temblar y a gritar. Pero no todo es tan fácil. Hay algo que desconozco de mí aunque parezca mentira. Tengo una rabia, una fuerza interior que me transforma en algo que no sé porque cuando recobro el sentido ya ha pasado. Algo que no le contaré a nadie porque no sé qué puedo contar. Algo que Luís tampoco puede contar a nadie. Sé que le maté con el cuchillo con el que quería matarme y sé que lo hice porque estaba allí y no había nadie más, porque sólo estábamos él, el cuchillo y yo. Sé que cuando recobré la consciencia estaba muerto y no sé cómo ocurrió, pero qué importa.
Miro de nuevo los trescientos metros de carretera iluminada de un extremo a otro. Cualquier dirección me parece que lleva al infierno. ¿Y éste lugar?, éste antro que me recuerda “Abierto al amanecer” puede que también sea el mismísimo infierno. Miro su luminoso con la mitad de las letras apagadas, a los dos borrachos, tras el cristal, como estatuas, al camarero sacarle brillo a una botella con un trapo mugriento sin dejar de mirarme y no veo al camionero melenudo, tal vez porque esté en el único servicio con un urinario de pared donde he tenido que orinar como un tío.
Estoy hecha un lío, un manojo de nervios. No voy a volver. No me fío de su madre. No, no pienso volver. No voy a nadar en su sangre para ver si puedo mantenerme a flote. Ese mierda es pasado y sólo merece que lo arroje a los perros de la memoria. Con él he tenido suficiente. No, no voy a volver para verme obligada a retorcerle a esa vieja perversa el cuello como a un pollo. ¿Para qué? Me muero de ganas pero sólo le haría un favor. Éste mundo necesita gente como ella para animar la fiesta. A mí ya no pero me divierte que joda a otros. Esa es la pimienta que sazona la rabia y nos hace desnudar lo que realmente somos. La gente no es como es. Lo sé de sobra. Tras las pieles cálidas y los modos exquisitos se esconden monstruos. Todos somos monstruos si nos ponen a prueba. Yo no quiero saber lo que soy. Creo que me daría un miedo espantoso. De aspecto soy una tía buena y los hombres me desean, y yo les digo siempre: “Tened cuidado conmigo…, por favor, cuidadme como a una princesa”

Ha vuelto a ocurrir.
Intento hacer memoria y sólo recuerdo que alguien me sujeta por la espalda con tanta fuerza que me impide moverme, que me arrastra y me aplasta contra el capó del Megane, me sube el vestido…, me raja las bragas…, intenta introducir una considerable polla en la presión de mi coño.
Y ha vuelto a ocurrir. Miro mis manos manchadas de sangre, al camarero y a los dos borrachos con las narices apegadas al cristal y los ojos como platos, al camionero melenudo tirado en el suelo con las narices reventadas, creo que con el cuello roto, con una hermosa polla aún erecta, una hermosa polla que hubiera acogido con gusto si la hubiera acompañado una leve muestra de cariño, o respeto, me hubiera servido el respeto. Hace tiempo que no he tenido un orgasmo, nunca he tenido un verdadero orgasmo con Luis y éste tío me atraía, me parecía altivo, fuerte, seguí todos sus pasos viéndole bajar de su enorme camión, sí, creo que hubiera follado con él si me lo hubiera pedido, así no, no soporto la violencia, no ha debido intentar violarme, eso le ha ocurrido a Luis cuando no le he permitido tocarme y está muerto, también a éste gilipollas.
Vuelvo a la cafetería. Me lavo las manos en un lavabo donde no me caben y mancho el suelo de sangre. Salgo y le pido al camarero una coca cola, un trapo húmedo para camuflar alguna mancha del vestido, aguja e hilo para coserme las bragas. El camarero asiente a cada gesto mío y pierde el culo atendiéndome mientras los dos borrachos han vuelto a encajar los codos en su lugar habitual de la barra y beben sin tino. Coso las bragas delante de ellos pero busco un rincón discreto para ponérmelas. El camarero me responde con tartamudeo que no me cobra la coca cola mientras guarda la aguja y el hilo en un neceser. ¿Qué le debo?, vuelvo a repetirle. Veinte céntimos, me dice conformándose con diez veces menos su valor. Tiro un euro al mostrador y le digo que eso y sumado a lo que me robó en el café está bien. Pido una pajita y sorbo con calma. Mi cabeza casi en blanco comienza a atraer imágenes y a accionar su movimiento. ¡Menuda noche! Dos muertos tirados en la lona y tres testigos con tres bocazas enormes para contar tres versiones a la policía, o dos, o una en común, quién sabe. Tres idiotas que pueden ayudarme o joderme la vida. Pero estoy calmada y así sólo soy una tía buena, rubia y algo tonta. Es el sino de mi vida. Saber frenar mis instintos y no caer al pozo oscuro donde me transformo en Dios sabe qué. Estos tres ya lo saben porque les noto temblar bajo la ropa. Saben que no les queda otra opción que ignorarme y esperar a que Dios les ayude para que me marche sin más. ¿Qué habrán visto?, ¿cómo seré realmente?, quizás una fuerza sobrehumana inunde mi interior sin desvelar ningún síntoma que no sea el hecho, quizás ésta chica mona se transforme por un rato en un “Alien”. Ya me ocurría de niña, mi madre me confesó a mis diez años que jamás lo dijera, que ella no se lo contaría a nadie, ni siquiera a mi padre. Murió con el secreto y de dos percances en mi juventud pude salir airosa. Estuve unos años sola, casi enclaustrada pero tranquila. No era la solución, la edad obliga y empecé a salir y a relacionarme, apareció Luis y pensé que una relación estable y sumisa me curaría. Hoy he descubierto que no. Y ahora esto. Y estos tres imbéciles maldiciendo haber visto lo que no debían.

No me fío de ellos. Vigilo sus movimientos. Hay una calma tensa, tan espesa que podría costarse en rodajas, tanta que llega un momento en que les noto que no parpadean, que dejan de respirar..., me temo lo peor...

Ya lo dije.
El camarero barrigudo, velludo, infeliz añado, agarró y presionó, izándome del taburete, mi pecho izquierdo a la vez que sacaba una escopeta de cañones recortados de debajo de la barra para volarme los sesos, al tiempo que los dos borrachos intentaban nivelarse y avanzar hacia mí con algún metal reluciente en las manos.

Es todo lo que recuerdo.

Estoy dentro del Megane con el motor en marcha, casi rozando el arcén de la carretera, y contemplo el alcance del desastre. Éste tugurio, éste hotel de mala muerte, con toda seguridad de estructura de madera, arde como una gran falla. Las llamas alcanzan una altura impresionante y pronto quedará reducido a un cerro de cenizas. No veo al camionero melenudo y sí la señal en la tierra de haberle arrastrado al interior por lo que supongo que estará achicharrándose y sirviendo de pasto para ésta enorme fogata. Me estremece pensar que dentro de esa bola de fuego haya cuatro personas y sólo me calma que ya estuvieran muertos, el fuego que provocó ese hijo de puta al prender una cortina con el disparo fallido de su escopeta. Supongo que yo sólo me defendí y salí de allí cagando leches. Seré culpable en cierto modo, también inocente en cierto modo. Nada hubiera ocurrido si no me detengo aquí, tampoco si me hubieran dejado en paz. A una tía sola, rubia, guapa (eso lo sé sin que me lo digan), con buenas tetas y minifalda, largas piernas y tacones de aguja hay que abrirle las piernas sin preguntar y echarle tres polvos según consta en los cánones del machismo y si se pone gallito pegarle además tres hostias por calientapollas. Naturalmente mi ley es vestirme como me dé la gana y defenderme de esa inmundicia. Defenderme Dios sabe cómo, Dios y ellos, cuatro infelices que no pueden contárselo a nadie. Tampoco yo. Eso espero. Acaricio mi piel por si noto algún resto velludo, hablo por si mi voz ha perdido su acento infantil. Nada. Nada me desvela algún cambio. Sólo me duele el pecho. Está enrojecido por la manaza de ese cerdo, también me escuece la entrepierna del forcejeo con el melenudo al intentar penetrarme. No me quejo. Podría ser peor. Subo al coche, doy marcha atrás y giro para enfilar la carretera. Espero que no se propague un incendio por éstas sierras, ésta hermosura que contemplaba desde el chalet y por donde he ansiado escaparme más de una vez. De noche, en cambio, son una ruta siniestra. El fuego remite algo. Voy a marcharme cuando pienso si he dejado alguna huella que me delate, alguna prueba que me inculpe de éste desastre. Quizás sólo las huellas de los neumáticos en la tierra, tal vez las marcas de los tacones les desvele que soy una mujer, la saliva en la colilla del Malboro..., ¡qué demonios!, cualquier pelo caído les serviría para acusarme. Bajo del coche sin demasiada convicción recordando de alguna película como borraban las huellas con una rama. Habré parecido una idiota pero he dejado en un minuto la explanada como un palmito (los nervios son un motor incombustible), además de recoger la colilla. Tiro la rama y palmeo el polvo de mis manos, también desnudo el color rojo de mis uñas. Hecho. Me dirijo al coche dispuesta a seguir mi camino antes de que, por un casual, no probable, alguien aparezca avisado por el fuego o se haya atrevido a circular por ésta odiosa carretera. Subo al Megane y voy a salir cuando unos faros me deslumbran, también otros por el parabrisas trasero. Por un momento el interior de mi coche se ilumina como si fuera abducido por una enorme energía. Me quedo paralizada, más al oír por delante y por detrás chirriar los frenos de dos coches, casi rozar mi carrocería el que viene de frente, oír un impacto brutal a mis espaldas como una bomba. Veo llamas por el retrovisor y logro engranar la marcha, salir de allí avanzando unos metros. Me quedo quieta. Mis ojos se salen de sus órbitas mirando por los retrovisores. Me convulsiona otra explosión más pequeña pero el fuego pronto se apaga. No sé qué hacer. Pensar que puede haber alguien vivo me anima a bajar. Me acerco lentamente. Los coches humean. No oigo ni un quejido. El golpe ha sido brutal, de frente. Un Ibiza y un Scort tienen el morro en los asientos traseros. La escena es dantesca. El fuego del hotel me permite ver a una pareja destrozada en el Scort, a un joven mutilado en el Ibiza. Están muertos. No ha sobrevivido nadie. Me giro y taconeo con rapidez hasta lograr subir al coche. Respiro entonces. La oscuridad delante es terrible. Detrás no es más halagüeña. Los faros abren mis ojos, iluminan un rastro de incertidumbre pero una salida para este desastre, siete muertos quizá por mi culpa, quizá no. Éstos no se habrían estrellado si no hubiese estado mi coche en medio de la carretera, tampoco (me animo) si hubieran circulado más despacio. Les ha matado su circulación temeraria. He sido yo pero bien podría haber sido un ciervo, alguna roca rodada de la ladera. No ha sido culpa mía, para nada. Pensar así me ayuda a relajarme, sólo un poquito. Continúo mi viaje, ésta huida a ninguna parte. Afronto las curvas con titubeo. En algunas muy cerradas el coche derrapa y aflojo la marcha. Necesito un cigarro. Mi bolso es un vertedero. No palpo el mechero y lo confundo varias veces con el pintalabios. Tengo el Malboro en la boca. Chupar aire me exaspera y aparto un instante la vista de la carretera. Una gilipollez. Supongo que ese ha sido el motivo por el que no he visto la puta curva, ¡un jodido mechero!, el motivo por el que salté por un terraplén a un manto de pinos y matojos. Noto como se desliza el coche por una fuerte pendiente. Choca de frente contra algo. Me golpeo la cabeza contra el volante y el cristal de la puerta.

Despierto de un sueño embarullado e intento sumergirme en él de nuevo cuando me doy cuenta de que lo importante es que estoy despierta. Despego los párpados unos milímetros con un recelo espantoso y mis ojos comienzan a desvelarme a qué me enfrento ahora. No parece el cielo, no es el infierno. La luz del sol se filtra temerosa a un recinto oscuro que no es el coche. No estoy en el coche, ¿dónde entonces? Agito mi cuerpo dolorido y se mece en un colchón de espuma. Estoy en una cama. A mi lado algo se mueve y coge mi mano. Abro los ojos de golpe como dos globos, activo el resorte de mi cintura para levantarme y una mano poderosa en mi pecho me lo impide, una mano que sigo a su raíz para descubrir un rostro que me sonríe gratamente. Es un hombre joven, no demasiado, despeinado, desaseado, pero que lavo y visto a mi modo para devolverle la mejor de mis sonrisas. La habitación es pequeña y huele mal, puede que sea un refugio de estas sierras. Dice llamarse Carlos y me confirma que estoy en un refugio que han habilitado, él y un compañero, para traerme. Me relata lo sucedido.
Son cazadores y oyeron el impacto. Imagino que furtivos ya que prefirieron traerme aquí a llamar a la policía. “No tiene nada roto, señorita, sólo magulladuras y un pequeño chichón en la cabeza”, me dice con una dulzura que no recuerdo haber oído nunca. “Ha dormido varias horas”, apostilla. Había preparado una infusión de manzanilla y se dispuso a calentarla. Yo le sigo con la mirada perfilando y desnudando un cuerpo perfecto para un hombre que no superaría en mucho los treinta, muy masculino en el modo y atento, el sueño perpetuo de las mujeres, algo que solemos soñar porque no existe. No existe el hombre perfecto, tampoco la mujer perfecta, supongo. Éste parece dar el perfil del mejor de mis sueños pero sé que tendrá truco. No lo percibo cuando trae un vaso humeante y me lo acerca con cadencia paciente a los labios, le sopla, me coloca una servilleta en mi pecho por si gotea. Le doy las gracias y le aseguro que me encuentro bien, que quizá pueda levantarme. Me lo impide. “No, no, de ninguna manera, descanse, descanse hasta la tarde”. “No esté aquí por mí, tendrá cosas que hacer”, le susurro. “No se preocupe. Alfonso ha ido a ojear. No saldremos hasta esta noche”.
No puedo dormir. Él hace cosas, entra y sale del refugio y yo le miro embobada como una idiota. Me atrae. No puedo negarlo. Mi sexo se distiende y noto correr el flujo. Me contoneo levemente con disimulo y él en algún momento lo nota. Veo brillar sus ojos cuando me miran y me recorren descarada y fijamente, veo babear sus labios, veo crecer su pene en el pantalón, un pene que me muestra con orgullo y es el eje que me transporta por fin a esos lugares añorados, velados, latentes pero recónditos de mis sueños.
Lo he magnificado, lo necesitaba aunque sólo ha sido un polvo como tantos otros, una muestra más o menos güinnes de cadencia viril. Calmado el sofoco veo a un tipo rudo, alguien que me ofrecía respeto y afabilidad quizá buscando sólo sexo, alguien que no parece lograrlo a menudo porque lo aprovecha con ganas y me tiene más de dos horas, calculo, sin dejar que me ponga las bragas. Lo tengo enrojecido, molesto, y su pene no desfallece. Me quedo dormida y eso me habrá librado de alguna que otra atacada. Duermo con placidez, bastantes horas, y me despiertan unos ruidos, por la luz reinante, casi al caer la noche. Forcejeo. No puedo creer que tenga las manos atadas al cabecero, las piernas también atadas. Estoy desnuda. Me desespero y miro la puerta intentando adivinar qué son los ruidos que se acercan. Entra Carlos y le digo una perrería tras otra convulsionándome como una loca. Tras él entra un tipo alto y gordo, muy gordo, barbudo, de aspecto baboso, asqueroso, repulsivo a diestro y siniestro, un tipo que no duda un segundo en quitarse la ropa y exhibir el cuerpo de un verdadero oso. Y sin preámbulos, sin presentaciones, sin preguntarme si me apetece, se echa encima de mí e intenta penetrarme.

Es todo lo que recuerdo.

Están muertos.
Lo siento por Carlos aunque es tan culpable como ese bestia. Una bestia que tal vez les haya parecido yo por el horror en sus ojos. Doy las gracias. Sea lo que sea que soy me ha librado de estar muerta. Algo que ya no soy. Vuelvo a ser una niña mona incapaz de matar a una mosca. Necesito aire. Salgo a un paisaje a punto de ser engullido por una noche oscura, casi sin luna. Pienso si borrar las pruebas y desisto, ¿para qué?, ya estoy harta, me temo que esto me perseguirá mientras viva. Me consuela y estremece. Nadie me tomará jamás por la fuerza, consuela pensarlo, terror averiguar algún día qué secreto esconden mis huesos.
La temperatura es agradable. Podría ser una noche bonita. Me ajusto la ropa y aliso el pelo con los dedos. Los tacones aguantan pero no son adecuados para este terreno abrupto. Dudo. La carretera no debe estar lejos, los faros de los coches pueden servirme de guía, también podría quedarme en el refugio hasta que amanezca. Dos muertos no son una compañía que me agrade y lo descarto. Pero tengo que volver a entrar y volver a ver sus caras. Mi corazón retumba con estrépito. Vacío una de sus mochilas en el suelo y cojo una linterna, también comida…, un trozo de pan, chorizo…, una cantimplora…
Me duele la cabeza. Tengo nauseas y bien puede ser por no haber comido nada. Me pongo en marcha bajando la ladera sin necesitar todavía la ayuda de la linterna con los tacones como un lastre al que me opongo a renunciar. Camino, pues, como una borracha o una loca. Sigo un estrecho sendero que me conduce a un arroyuelo. Busco un lugar por donde estrecha algo y lo salto con tontería. La noche se cierra. La linterna ilumina lo suficiente. Ahora asciendo una pendiente larga pero muy suave. Empiezo a centrarme en los ruidos, muchos familiares, otros no tanto y no me preocupan, ¿qué puedo temer de unos bichitos?, seria absurdo. Tiene prioridad saber qué hacer, hacia donde ir. Lo tengo crudo. La luz de la linterna ilumina mi vida a dos pasos, como si eso fuera todo lo que hay, como si me escurriera sin agarraderas de un embudo a un agujero que no debe ser otra cosa que mi cruda realidad. Enfrentarme a qué soy.
Demasiados muertos en un día y, ¡tiene gracia!, con la extraña convicción de que no he matado a nadie. No soy una asesina. Un asesino debe ser otra cosa. Supongo que sí, que los he matado pero no sé cómo, no podría confesárselo a nadie, sólo el porqué. Y vuelan a mi mente los ojos de horror de Luis, los ojos del camarero y de los dos borrachos apegados al cristal de la cafetería, de estos dos que, tras una buena acción, tal vez ni eso, vieron vía libre para explorar el lado más ruin de la relación entre un hombre y una mujer. Todos saben lo que soy, lo que soy…, lo que soy…, ¡Dios!, lo que soy...
Me acurruco a un tronco y doy cuenta del pan y el chorizo, también de buena parte del agua de la cantimplora. Me quedo dormida. Al menos una hora.
Despierto y divago. Ilumino las muñecas y los tobillos. No tengo marcas. ¿Cómo he podido soltarme?, ¿cómo quitarme de encima a esa bestia, cómo girarle la cabeza como una peonza? No sé por qué maté a Carlos aunque estoy convencida que sólo él tuvo la culpa. No recuerdo las veces que se ha corrido dentro de mí. Parecía un niño con un juguete nuevo. Un juguete húmedo y complaciente sólo al principio, que quede claro, luego ha sido un suplicio. Lo siento amor, si he sido tu principio y fin de fiesta. Ser cómplice de un delito no te hace ser menos culpable. Estoy segura que después de reventar conmigo tendrían que matarme. Otra chica de esas que encuentran asesinada o no encuentran nunca. Podría ser un bonito cadáver, una hermosa rubia, un cuerpo de escándalo, el sueño de muchos gilipollas, hinchada a polvos y luego tirada tras una mata con el cuello roto o un tiro de postas en el corazón. Quien me hubiera encontrado diría para colmo que me lo he buscado, ¿qué puede buscar una mujer sola con ese cuerpazo y esa súper minifalda? No ha sido así y prefiero mil veces que se jodan. Les hago un corte de mangas y grito “gilipollas” a todos los hombres machistas del mundo. Es bueno desahogarse. Ya me siento mejor.
Mis tacones renquean pero son buenos, desde luego. Un capricho de soltera. Cien euros merecen su esfuerzo aunque mi cintura sea una plancha de cemento.
Hace rato, y entre el cacareo de todos estos bichos que parecen seguirme, oigo el runruneo del motor de algún coche que pasa. No veo luces por lo que supongo que debo coronar esta pendiente interminable para ver la carretera. Esta pendiente insoportable. Estoy cansada. Pero debo seguir, me digo, no se bien para qué, también me digo.
Retomo mi vida. ¿Qué hacer? Pienso en los cientos de películas que he visto y divago: si mi vida, si esto que me ocurre, fuera el guión de una película, qué haría, qué giro debería darle para huir de ésta amalgama rutinaria y trágica, ¿qué final podría ser un esperanzador principio? Pensarlo me inunda de un segundo de hermosa certidumbre. Sé lo que quiero, claro, pero debo ser consecuente. Un final bonito a estas alturas no sería creíble. ¿Qué jalea la gente en los cines, en la vida de los otros?, sin duda ansían un escultural modelo de esos que jamás encontrarán en casa, en mi caso una mujer, además de unas gotitas de sangre (en eso me he pasado), un misterio, algunas escenas sazonadas de sexo explícito, y por fin el desenlace (aquí es donde más incido y me preocupa por inesperado), un desenlace digno de aplauso o de vómito, un motivo para abrir de par en par ese juez imparcial que son sus enormes bocazas.
Películas que marcan la vida, otras que son un chiste olvidable, otras sólo nos producen rabia por el tiempo perdido. ¿Dónde enmarco la mía? Mi vida es un chiste siniestro y me conformaría con que fuera olvidable. Nueve muertos no son un chiste, el ser que apresa ahora mi candidez tampoco.
¡Eh!, ¿qué es eso?
Nuevos sonidos se agregan al silencio nocturno. Vienen de muy lejos, tal vez no. Oigo voces..., una rehala de perros..., movimiento de maquinaria pesada, o no, quizá sean los Patrol de la Guardia Civil. Me estarán buscando. Les habrá sido fácil trazar una línea recta en un mapa y seguirme, asociar lo del hotel con mi marido, el accidente del coche....Estoy en un buen lío. Los sonidos se acercan y sé de sobra lo qué están buscando. Seguro que mi querida suegra capitanea ex – aequo la búsqueda. Mi mente identifica su voz entre los perros. No estoy obsesionada con ella, sólo que no me extrañaría que fuese un perro más de la ralea. ¡Buen despliegue de medios para atrapar a una rubia en minifalda que huye taconeando por el monte!, le veo la gracia, no sé si la tiene. Corono el cerro resoplando y apago la linterna. Apoyada en un tronco veo la feria. No está lejos. Tampoco la carretera. Luces psicodélicas dan un aire discotequero a la noche, las voces y el ladrido de los perros un cansino fondo rapero. Lo disfrutaría si el tema no fuera conmigo, si estuviera estirada en un sillón mullido con coca cola doble y palomitas.
Son las doce. La hora más o menos cuando ayer pasó todo. Habíamos discutido por una tontería aunque el tema ya venía de atrás. Me levanté y fui a la cocina a por un vaso de agua. Luís me siguió, desnudo, excitado, cogió un cuchillo de la cocina para amedrentarme y tomarme allí mismo por las bravas. No sabía que no, que así no podía ser, no pude advertirle a lo que iba a enfrentarse entre otras cosas porque no lo sabía, no a un polvo glorioso tras un mes de negarme en redondo y plantarle cara, no a una rubia asustada y obediente, encontró otra cosa, nada agradable por el horror en sus ojos, ¿qué cosa?, ¿qué, Dios mío?
Hay varios coches parados en la carretera y el ruido desciende por la ladera. Puede que sea el lugar de mi accidente. Si es así pronto seguirán mi rastro hasta la caseta, sumarán dos nuevos muertos a ésta huida al mismísimo infierno, una huida que comenzó siendo absurda y ahora es mi única salida. No tengo otra opción. No hay marcha atrás. No puedo regresar a mi pasado de rubia inocente y explosiva. El presente chica – monstruo es mi nuevo look. ¡Menuda carnaza para las revistas y las televisiones!, primero para esa jauría sedienta de sangre y gloria. Sé que no dudarán en soltarme los perros salvada la primera impresión de embobamiento. Es lógico. Tras su enervamiento machista será lógico que, tras mi estela sangrienta, alienten a los perros a destrozar ésta piel suave, recién depilada ( recuerdo), muerdan mi trasero perfecto, mis pechos seductores, enloquezcan con la sangre y desgarren éste tipazo que despertó a tanto cochino de su letargo, seccionen mis miembros mientras mi cabeza incólume se siga preguntando: ¿qué he hecho, qué ha pasado?
No, no ocurrirá eso, lo sé y tiemblo. Si puedo tumbar a un gorila sin despeinarme qué será de un pobre chucho, o de varios, de unos cuantos guardias civiles acojonados. Visto lo visto puedo imaginarlo. No, no dejaré que me cojan y destapen la caja de los truenos. Será mejor para mí, mejor para ellos.
Debo ponerme en marcha. Bajo un fuerte desnivel y me escurro a la cuneta de la carretera. ¡Horror!, uno de mis tacones se ha enganchado en una raíz y claudica. Salto al asfalto como un gato y analizo la magnitud de la contingencia. Está descolgado, pende del zapato como un péndulo. Imposible repararlo, y una temeridad caminar con una diferencia de altura de 12 cms, y ridículo (río de imaginarme), un sacrilegio cortar el otro tacón para nivelarme, eso ni muerta, sería como cortarme un brazo o una pierna, son parte de mí, demasiado tiempo escondidos en un armario esperando el momento de mi libertad para guillotinarlos. ¿Y caminar descalza?, me pregunto por preguntar. Imposible, dada la hipersensibilidad de mis pies, una de mis zonas más erógenas. No soporto el cosquilleo. Sería inhumano. Voy a arrojar la toalla. Hasta aquí hemos llegado. No voy a reventar haciendo la cojita, deslizarme sin tacones como con chancletas de andar por casa, hacerle el harakiri a mis pies descalzos. Bajo los brazos. Les esperaré aquí, firme, y que pase lo que tenga que pasar. “Socorro, socorro”, imploro sumida en un instante de absoluta desesperación. Sólo un instante, pronto se me pasa. Mientras tanto pienso. Ser una cinéfila compulsiva me lleva a ojear el álbum. Y aparece Mac Gyver. ¡Joder! Me quito las bragas y agarro el zapato. Son muy elásticas, ¡bien!, me pongo el zapato y doy varias vueltas uniendo con las bragas el tacón a mi tobillo, nada más fácil. El tacón ningunea pero está apegado a la suela sin lograr abrir la boca como un bicho malo. Afirmo los pies al asfalto y, después de varios pasos de tanteo, camino con celeridad pensando que mi tienda de marca, de soltera claro, está en rebajas y a punto de echar el cierre. Pronto doy cuenta de algunas rectas y de curvas, infinitas curvas. Asciendo y desciendo con prisa los desniveles de ésta carretera solitaria. Ni una luz en el horizonte anima una oscuridad odiosa a la que no he tenido más remedio que amoldarme. El miedo es moldeable, río, anoche a las once hubiera temblado sólo de pensar que iba a caminar sola, de noche, adentrándome en el corazón de la sierra y con un ejercito siguiéndome como si fuese el mismísimo “Rambo”. Y como es lo que hay sigo moviendo el culo al compás de mis piernas. Sin tregua, con un estilo para enmarcarlo.
Reparo en el cielo. El cielo es hermoso. Las estrellas son diamantes. Me encantaría poder engarzar las más brillantes y colgármelas a mi diseño y capricho. Por otro lado me conforta su compañía. Me conforta aunque pueda parecer absurdo. Corono otra sierra y levanto mis manos porque parece que puedo tocarlas, también me giro a las ráfagas de luz que me siguen, a las voces, una algarabía que llega a mis oídos meciéndose en el soplo intermitente del aire.
Me giro para continuar cuando un coche que corona la rasante está a punto de atropellarme. Un Clío frena a pocos centímetros de mis piernas.
  • Sube bonita – me dice una mujer con la cabeza fuera de la ventanilla
Me quedo inmóvil porque me da la impresión de que está buscándome y juraría que no la he visto en mi vida.
  • Sube - insiste bajando del coche y señalando con el dedo el horizonte - esos no tardarán en llegar
  • ¿Quién eres? – pregunto a una rubia de veintitantos, con vaqueros y top ceñido, guapa, hermosa a rabiar
  • Sube
Sus ojos penetran a cuchillo en los míos. No es una invitación. Es una orden. Algo que discrepo sin convicción, que acato sin pensar.
  • Me llamo Úrsula – me dice al tiempo que maniobra para dar la vuelta
  • ¿Úrsula?, ¡qué casualidad, yo también! – celebro la coincidencia
El Clío rueda una considerable pendiente manejado con soltura, derrapando en las curvas con sapiencia. Yo me pongo el cinturón y me apalanco, mi corazón salta y no de gozo.
  • No tengas miedo. Soy piloto de rallies. Corro el campeonato de España. ¿Has oído hablar de mí?
  • No..., no creo, no sigo el deporte – respondo e intento por todos los medios tranquilizarme
  • A mí me encanta lo que hago, doy a esos jodidos tíos donde más les duele...
  • Dime algo – la corto con balbuceo – cuéntame lo que ocurre..., estoy asustada
  • ¿Lo que ocurre? – se pregunta en tono grave y tras tomar una curva al límite frena en seco y me mira a los ojos – esperaba que tú me dijeras qué te ocurre
  • ¿Yo? – exclamo y resoplo – ¡joder!
La miro con descaro. Analizo la situación. Me veo en ella como en un espejo más o menos fidedigno.
  • ¿Por qué has venido?
  • Tú me has llamado
  • Yo te he llamado... – repito al tiempo que voy colocando las piezas sueltas de mi puzle mental –...yo te he llamado..., he pedido socorro..., estaba sola en el monte..., no pudiste oírme.., no te conozco..., tú no me conoces...
  • Es cierto. No te conozco. Sólo puedo decirte que estaba dormida, que desperté, que tenía que venir a buscarte
  • Tampoco sabrás lo que me ha pasado, supongo
  • No, ¿qué ha pasado?, no, no me lo digas, eso no necesito saberlo
  • ¿Hay más como nosotras? – pregunto sin mirarla, temiendo su respuesta
  • ...una chica de Toledo, la ayudé en una ocasión...
  • ¿Úrsula, también se llama Úrsula?
No me responde. Ato cabos, aún con un hilo demasiado frágil. El Clío arranca y sigue su particular carrera. Seguimos en silencio, no necesito preguntarle lo que bien puedo preguntarme a mí misma y para nada. Divago. He visto demasiadas películas aunque ésta no me suena. Repaso retazos de las miles del género y no encuentro nada parecido. Mi interior protege a una bestia y de eso ya no dudo. Pero necesito saber si yo soy la bestia. No puedo serlo, no pienso, no actúo como tal, razono y siento como un ser humano.
  • ¿Nunca le has visto? – me pregunta
  • No, no
  • ¿Tú?
Vuelve a callarse. Sea lo que sea nos deja K.O. y actúa a sus anchas, en la más absoluta impunidad.
  • Mi madre se llamaba Úrsula – le confieso y me recorre un escalofrío
La recuerdo y ahora comprendo cosas, cientos de detalles que se apelotonan mostrándome su sentido, sobre todo su silencio, el silencio a mi padre. ¿Pero por qué éste silencio, por qué nadie puede saber qué somos?
  • ¿Adonde me llevas?
  • A mi casa. Estarás allí unos días. Vivo sola. Después no sé, ya me dirán qué hacer
¿Quién, quienes?
Estamos en sus manos. No van a preguntarnos. Nuestra opinión es superflua. Somos su máscara, títeres para sus inimaginables razones. ¿Qué hacer?, no deseo ser algo que no sepa que soy, no lo permito, no voy a proteger a nadie que no conozca, no he autorizado a nadie para que se apodere de mi voluntad, no voy a estar de brazos cruzados, antes muerta que ser presa de nadie, me digo enrabietada.
  • Tenemos que hacer algo – estallo – tenemos que liberarnos de esto, debe haber algún modo de liberarnos de esto
Úrsula me mira de reojo y no dice nada. No es muy expresiva. Habla con frases cortas y elude cualquier respuesta comprometida. No me gusta su actitud, me mosquea. Me pregunto por qué confío en ella. Pienso. En las películas suele ocurrir que traicionan quienes menos se espera. Debo tener presente esa posibilidad. Tomo aire, fuerzas por si tengo que hacer frente a un nuevo giro inesperado. Mientras, ella sigue a lo suyo, conduciendo con temeridad, muy segura y prepotente. Y hay algo que no me cuadra. La mente de Úrsula ha recibido una orden y la acata consciente. Ha venido a buscarme, conduce con precisión, me lleva supuestamente a su casa, y eso lo hace consciente. Percibo una persona normal, su actitud es parca pero más o menos normal, lo que indica que puede tener cualquier tipo de relación con la bestia. Hago memoria. Que yo recuerde no he recibido ninguna orden para acatarla consciente, estoy segura de que la recordaría. Todo lo que creo que he hecho ha sido sin saberlo. Úrsula sabe lo que hace. No lo entiendo. Sabe más de lo que cuenta, no tengo la menor duda.
  • ¿Qué ocurrió con la chica de Toledo? – le pregunto para ver cómo reacciona
  • No puedo decírtelo – me espeta muy seria, incluso molesta
No puedo más, no voy a ir como un cordero al matadero.
  • ¿La mataste, vas a matarme, así es cómo nos liberas de esto?
Emite un gruñido al tiempo que su cara se deforma un instante para desinflarse con lentitud a su cara hermosa, serena. Tiemblo. Quería saberlo, también temía saberlo. Ha sido un amago pero “le he visto, joder, le he visto”, grito y me dispongo a saltar del coche.
  • ¡Tú no has visto nada, loca!
Forcejeamos y el coche zigzaguea. Va demasiado rápido. Su mano derecha agarra mi cuello y lo aprieta con una fuerza sobrehumana. De reojo veo a su piel crecer, desplegarse como un acordeón. Es roja, muy roja, viscosa, como pegajosa. Pero me ahogo, pataleo, pierdo la consciencia...

Vuelvo en mí.
Está oscuro. Estoy sentada en el coche. Palpo y a mi lado está Úrsula. No se mueve. Yo no noto nada, creo que me encuentro bien. En el asiento trasero dejé el bolso y la linterna. Logro cogerlos. Me quito el cinturón y la linterna ilumina la escena. Hemos chocado contra un árbol, el parabrisas está roto, una rama seca lo ha ensartado como una lanza y está clavada en el pecho de Úrsula. Está muerta. Reviso su cuerpo, palmo a palmo. No veo nada extraño. Su sangre es roja como la de cualquier mortal, su gesto como el de cualquier humano que se enfrenta a una muerte inesperada. Algo fija mi atención. Es su cuello que parece roto, puede que a consecuencia del choque o no sé, me da que pensar. No recuerdo nada. Lo importante vuelve a ser que estoy viva, también, supongo, quién controla mi voluntad. No debería pensar mal de él, ya me ha salvado demasiadas veces, creo que al final le cogeré aprecio, debería mostrarse y lo primero que haría es darle las gracias, ¿pero qué estoy diciendo?, es el eje de mi desdicha, podría ser feliz, una de tantas esposas apaleadas y sumisas y no esto, una hermosa rubia con doble fondo. Río sin ganas. Debería llorar pero eso sí que no lo voy a hacer. No he llegado hasta aquí para llorar como una tonta, para sentarme, y esperar a que me cojan. Tengo que huir de aquí, me recuerdo con la mirada clavada en ninguna parte. Pienso. No sé si sacarle partido a ésta nueva desgracia. Tengo una idea, frugal, puede que inútil. Úrsula y yo tenemos un físico parecido. Quizá sólo me sirva para ganar tiempo. Tiempo es lo que necesito para salir de aquí. Úrsula no lleva bolso pero sí cartera. Me cuesta sacarla del vaquero. Tiene sus papeles, algún dinero, me vendrá bien. Saco mi monedero del bolso y los sumo a los mil euros que guardaba en casa como un tesoro. Introduzco mi D.N.I. y el carné de conducir en su cartera y ésta en el bolsillo del vaquero.
Enciendo un Malboro y dudo si quemar el coche. Lo descarto, puedo provocar un incendio y no quiero que más gente se joda por mí. Debo alcanzar la carretera, salir de aquí cuanto antes. Espero que la confundan conmigo mientras saco mi culo de éstas sierras.
Sonrío. Soy otra. Sigo siendo Úrsula pero ahora Sánchez, además de tener un piso donde cobijarme, también otra vida, una vida que debo indagar para averiguar algo de mí. Soy idiota. Ese piso es el último lugar al que debo ir. No tardará en tomarlo la policía. Puede ser, incluso, un punto de encuentro con éstos seres si la verdadera intención de Úrsula era llevarme allí. Enfrentarme a algo o seguir huyendo es mi dilema.
Alcanzo el asfalto y desde allí veo un leve resplandor en el cielo, lejos aún, que debe ser Oronte, la ciudad de Úrsula. Nunca he estado en esa ciudad sucia, de unas treinta mil almas que viven a la sombra de una refinería. Allí podré pasar inadvertida, claro que no así, con ésta súper minifalda, tacones de aguja (uno sujeto con mis bragas), o éste escote de órdago. Los paparazzi del lugar no tardarían en desempolvar los ojos. Con todo el dolor de mi corazón visitaré la primera tienda cutre que se cruce en mi camino, dos cuartas más de tela de falda y una camiseta holgada serán lo adecuado, y unas chancletas (me irrito de pensarlo).
La carretera desciende serpenteando hasta la ciudad. El resplandor de sus luces comienza a esbozar poco a poco el paisaje escondido. La ciudad humea aunque los últimos pinos que se interfieren sean los que me parece que arden. Muevo el culo con alegría. El tacón aguanta. Pero no tengo un segundo de respiro. Un coche se acerca y sólo tengo tiempo de tirarme en plancha a la cuneta y escurrirme a su base. Veo, al pasar, que es un coche de la policía. No me ha visto. Me incorporo y noto que los cantos de las piedras me han hecho algún corte. Me escuece. Enciendo la linterna y me da un ataque. Sangro por el pecho, por los brazos y sobre todo por las piernas. Y para gritar, el tacón que aguantaba estoico ha dicho basta. Grito “Dios” a los cuatro vientos con un cabreo de escándalo. Lo recupero de entre las piedras y lo tiro al interior del bolso como recuerdo. Como no hay mal que por bien no venga, dicen, recupero mis bragas aunque están que da asco.
¿Y ahora qué? De ningún modo haré la cojita. Inclemente, agarro una piedra con forma de tortilla de patatas y masacro el otro tacón. La diferencia se reduce a tres o cuatro centímetros y espero soportarla, procurar no caerme hacia atrás. Suerte que la carretera desciende para nivelarme.
Hecha un Cristo reanudo la marcha. La carretera es el cable de un funámbulo, el bolso en una mano y la linterna en la otra me ayudan a controlar el equilibrio. Le voy cogiendo el gustillo cuando oigo a mis espaldas el runruneo de un coche. Ahora pienso y eso me hace dudar. Los matorrales están lejos y no voy a tirarme otra vez a una piscina sin agua. El coche gira en la curva y aún estoy en medio de la carretera. Lo miro y las luces me deslumbran. No es la policía. Oigo cómo acelera y viene hacia mí como una bala. Intuyo que quiere atropellarme. Son segundos en los que inusitadamente mantengo la calma. Ruge como una fiera y me decido por un extremo de la carretera como un portero en un penalti. Caigo de bruces en el asfalto. Aplasto mi cara en su frescor nocturno y el coche pasa. Es un Renault 4 L y lo conozco, no quedan muchos como él. Maldigo al cielo, maldigo a la vieja bruja que lo conduce que no es otra que mi querida suegra. El coche frena a unos metros y desciende esa figura que con tantos trazos de rabia he dibujado demasiadas veces, añadido a las múltiples maneras de retorcerle el cuello. Se acerca predispuesta. Tirada en el suelo miro su andar de rabioso pistolero, su vocear abyecto, puede que al fin respaldado por un verdadero motivo.
  • Por favor – suplico a la bestia – déjamela a mí

No me hace caso y para mi pesar mi mente no recuerda lo sucedido.

Vuelvo en mí.

Estoy de pie en la carretera y mi suegra hecha un guiñapo en la cuneta.
Su cabeza tiene un giro extraño por lo que su cuello debe estar roto. No sé si lo siento, sólo en lo que me concierne quizá, en su engrose a ésta lista sangrienta. Era un ser dañino y nadie llorará su muerte, nadie, sé, llevará flores a su tumba. Maldigo su cuerpo, maldigo su nombre. Me juzgó culpable y quiso ejecutar la sentencia. ¡Mala bruja, mala sangre!, ¡tengan su final todas las malas personas del mundo! Me vienen a la memoria retazos de súper héroes. Ellos aplastan el mal, usan sus poderes para limpiar las calles de inmundicia. El accidente fue una fatalidad pero todos los demás quisieron hacerme daño. Mi bestia sólo aparece para aplastar inmundicia. Respiro hondo, puede que sea una súper héroe, al menos, en éste instante, así me siento.
Vuelvo a la realidad. El 4 L está arrancado y con las luces encendidas, mi suegra demasiado a la vista. Con esfuerzo desciendo a la cuneta y trepo con ella en brazos hasta unos matojos. Le quito sus zapatos, parecen de mi número. Ya en la carretera me los pruebo y me aprietan pero son mejor que nada.
El 4 L es estrecho, incómodo, impropio para una señora pero un coche para rodar sin esfuerzo por ésta siniestra carretera a esa ciudad, una ciudad que vislumbro tras una curva con sus torretas y chimeneas humeantes, sus luces como guirnaldas de una feria.
Son casi las cinco. Pronto amanecerá. Saltaré de alegría, seguro. Nunca me alegrará tanto ver amanecer. Éste nuevo día será como el despertar de un sueño, lo sé. La noche ha sido horrible. Pienso que puede dar para un libro, para el guión de una película, mejor para una serie de T.V., sí, me gusta la idea, para una serie…,¡Úrsula, la fantástica!, grito con toda la fuerza de mis pulmones, ¡temblad, mamones! Estoy eufórica. Me siento libre. Liberada al fin de mi sumisión a un hombre, a todos los hombres. Da igual lo que me ocurra. Viviré a tope cada segundo como si fuera el último. Pero sola. Jamás volveré a unirme a nadie. Usaré a los hombres como ellos me han usado a mí. Tomaré lo que más me convenga. No merecen otra cosa. ¡Ojo conmigo, cabrones!, vuelvo a gritar al tiempo que oigo un fuerte zumbido. Lo conozco. Conozco ese sonido odioso, pertinaz, un sonido que comienza a alojarse en mi cabeza y alterar mis nervios. No puedo creerlo. El amanecer es hermoso a pesar de que Oronte se muestra en toda su terrible crudeza. Es como un sueño. El despertar de un sueño. Hacia allí se dirige mi vida. Quizá la respuesta a mi secreto. El zumbido persiste. Me altero. El R4 vuela como un deportivo. Mi ilusión vuela con él. Pero ya no puedo soportarlo. El paisaje se difumina. Cedo. Mi figura, incómoda, encogida en el coche, empieza a estirarse. Alguien, que duerme a mi lado, me codea. Abro los ojos. Son la siete de la mañana. El reloj continúa con su zumbido insoportable. El reloj, el puto reloj…


No hay comentarios:

Publicar un comentario