juanitorisuelorente -

viernes, 12 de julio de 2013

LA ESTELA DE UN VIAJE EN TREN EXPRESO (Relato de mi libro: EN CIERTO SENTIDO)

Me gustaría volver a viajar en tren Expreso.
Algo quizá imposible pues he oído que ya no circulan y así fuese no tendrían el encanto de antes, tan robustos, tan convulsos, tan entrañables.

  -En tren Expreso – matizo - nada de Talgos o Aves.

Hubo un tiempo en que lo hacía a menudo, cuando trabajaba en La Palma del Condado a mis catorce años.

Aquellos eran trenes de sobremesa, de temblores provocados por manos gigantes y ruidos con la boca. No eran juguetes de niño pero sí vivía mis aventuras de niño como en un juguete. Construía en cada viaje una aventura distinta con magnánimos héroes y pérfidos villanos, y por supuesto la chica, cualquier chica anónima atrapada en el influjo familiar con la mirada perdida y que atrapaba sin esfuerzo con mis poses de lobo.
Después he viajado poco en tren, quizá un par de veces en sillón reclinatorio con vistas panorámicas, oscilaciones contenidas y zumbido ininteligible. No era lo mismo, para nada, que aquel atiborrado Expreso Madrid – Cádiz del 72 en que compartí pasillo y noche desde la estación Linares – Baeza con una patulea variopinta de cuerpos temblorosos agarrados a las barandillas de las ventanas con las miradas soldadas a un paisaje inútil, con cuerpos tumbados en los pasillos como muertos, dibujando líneas con sus piernas que incitaban a saltarlas a la pata coja, un tren abarrotado de gente silenciosa, ensimismada en sus pensamientos o sueños de afirmaciones constantes, para mí y entonces una sucesión de caras amoldadas a mi bol mental de rasgos conocidos o dibujados de películas y libros, pérfidos villanos, encantadoras jovencitas asustadizas y esperanzadas, y un interminable ejército de personajes secundarios, y yo entre ellos, un espectador ansioso emborronando el tebeo de mis sueños.

Allí conocí a María.

Salía de un departamento e intuí que intentaba abrirse paso hasta el servicio. Entró en mi vida, en mi mente con un golpe de efecto, al abrir la puerta como una foto en color entre rollos y rollos de horas en blanco y negro, al abrir la puerta como una artista a la que descorren el telón a una masa enfervorecida. Estaba frente a mí a un palmo y tuvo que codearme para poder salir. Olía a sudor y a colonia Nenuco, la misma con la que anegaba mi madre a mi hermana de meses y que respiraba hondamente junto a su risa de nieve.
  • Me llamo Juanito – le dije
No me contestó pero me lanzó en sus ojos un anzuelo con cebo afectuoso. Fue un flechazo mutuo, en pleno corazón y a veinte centímetros aunque bien es cierto que yo en esos tiempos llevaba preparado un arco con un buen arsenal de flechas y en mi corazón dibujada una diana, por si acaso. Así y todo María era distinta a las otras, primero y primordial porque allí y en ese momento no había otra y segundo porque lo nuestro no fue un ametrallamiento de miradas huidizas y tontorronas con sonrisas de disco rallado, fue algo que aún hoy me estremece cuando lo pienso, me idiotiza cuando intento perfilar su imagen cada vez más desdibujada.
Sin pensarlo me puse de un salto delante de ella y desenfundé mi machete para abrirle camino en un zarzal de cuerpos deshilachados.
  • No hace falta – me dijo su voz dulce, en su cara de princesa atrapada en un hechizo, que oteaba el mundo sobre una estructura sólida, muy proporcionada, vestida con jersey de cuello alto y falda hasta las rodillas - Sé ir sola – siguió algo más seria como acuchillándome en la espalda con un puñal flojo, como una lengua vaporosa
Sorteamos a una señora gorda y pisamos una guirnalda de piernas. María reía. No una risa abierta para todos, para nadie, era una risa contenida que estallaba sólo al unirse con la mía. Brillaban sus ojos, brillaban mis ojos, la cogí de la mano. Su temblor y frialdad aprietan todavía la torpeza y grosura de mis dedos, su mano sigue blanca como la harina, su cuerpo emerge de la nada, si lo pienso, como una diosa…, su risa fresca… - como un mirlo blanco… -
  • Me llamo María – dijo apretujando mi mano con todas sus fuerzas
  • Yo Juanito – volví a repetirle
La esperé en la puerta del servicio junto a la señora gorda. La pobre hacía guiños risibles y se le oían bullir las tripas.
Recuerdo que estaba muy alterado, Boris Karloff había girado la cabeza y me miraba con cara adormecida, mientras, Frankestein, un mocetón con la cabeza atornillada al cuello, dormía a pierna suelta y roncaba con estruendo. Seguí mi ronda y creí reconocer a John Silver, imaginé que con el capitán Flint en su hombro y estaba seguro que con las pistolas dispuestas en los bolsillos del gabán y la pata de palo camuflada bajo la tela del pantalón; a su lado un John Wayne con ropa atípica equilibraba un tanto mi consuelo mental y algún otro que lograba que respirara con cierta holgura.
Oí la cisterna y resoplé, también la señora gorda que estaba a punto de derramarse.
  • María, ven, huyamos de aquí – le dije al salir
  • ¿Adonde, loco? – sonrió dándome la mano
Cambiamos de vagón y buscamos un lugar tranquilo arropado de caras inexpresivas e insustanciales.
  • Tienes que confiar en mí, María – le cuchicheé al oído algo alterado – este tren a lo mejor no es el que dicen que es y quizá no vamos al lugar que dicen que vamos
Sabía que no me creería, que debía confiárselo todo.
  • ¿Sabes que hay trenes que no van a ninguna parte, que dan vueltas y vueltas y no paran nunca?
  • No soy una niña, Juanito, no lograrás asustarme
  • No digo que sea éste aunque he visto cosas muy raras
  • ¿El qué? – dijo bajando los brazos resignada
  • ¿Te has fijado que el revisor es tuerto?, alguien me dijo que eso era un mal augurio, que tuviera cuidado de no subir nunca a un tren con un revisor tuerto
  • ¿Alguien?
  • Y eso no es todo, ¿te has fijado que en las últimas cinco o seis estaciones ha subido gente pero no ha bajado nadie?, en éste tren no baja nadie, María, por eso va tan lleno porque no baja nadie
  • ¿Eso no será porque vamos todos a los mismos sitios? – preguntó algo pensativa
  • ¿Sí?, qué casualidad, no seas idiota, en éste tren pasa algo, te lo aseguro, ¿cuántas veces has viajado en tren?
  • Ésta es mi primera vez…
  • ¿Lo ves?, no puedes saberlo; ¿y no te has fijado que en nuestro vagón hay mucha gente que hemos visto antes en otra parte?
  • Pues…
  • ¿Y no te has dado cuenta que ésta noche es más oscura que otras noches, como si viajáramos dentro de un túnel?
María apegó los ojos al cristal de la ventana y descubrió esperanzada las luces de una aldea.
  • Eso a lo mejor no existe – dije con rotundidad – estás asustada y esa imagen la ha dibujado tu mente
  • Es una aldea, Juanito, y hay luna, ¿la ves?
  • ¿Llena?
  • No
Resoplé con fuerza, sólo hubiera faltado eso, la espoleta de la bomba.
  • Tenemos que estar preparados
  • ¿Para qué, qué puede ocurrir?
  • Ojalá lo supiera pero seguro que es algo malo, terrible
Yo estaba muy nervioso y María parecía tranquilizarse.
  • Ojalá pase algo en éste tren – dijo abriendo unos ojos enormes a la oscuridad de la ventana – ojalá ocurra todo eso que estás diciendo
  • ¿Pero qué dices, estás loca?, podrían secuestrarnos, llevarnos a un lugar remoto, a una cueva secreta, arrancarnos nuestros órganos para traficar con ellos, violarnos, cosas horribles, María, ¿no lo entiendes?
  • Nada me importaría, te lo aseguro, yo ya estoy muerta
Di un salto. No podía creer que María fuera uno de ellos, que en aquel rincón oscuro, rodeado de caras aburridas, circunspectas, estuviera hablando con un fantasma, con un fantasma tierno, hermoso, pero no por ello menos fantasma. María, al verme turbado, rió.
  • No, todavía no estoy muerta, tonto, pero sí que voy a estarlo pronto – bajó la voz y me susurró al oído – sé que quieren matarme y que lo harán con disimulo, sin que nadie lo note
  • ¿Quién, quienes? – estallé con una rabia alocada
Ella me siseó para que bajara la voz, para que nadie pudiera oírnos.
  • Tengo miedo, Juanito, mi madre murió hace una semana y fue asesinada – dos lagrimones pugnaron por alcanzar su barbilla – ahora voy a casa de una tía en Cádiz que sé que no es mi tía porque mi tía murió hace años; a ella no la vi nunca y la persona que me espera allí puede ser cualquiera…
  • ¿Pero viajarás con alguien?, ¿quién te acompaña?
  • En el departamento está mi padre;... está dormido…, y tampoco es mi padre
Me hacía un lío atando cabos sin cuerda.
  • ¿Vas a casa de una tía que no es tu tía y viajas con un padre que no es tu padre?
  • ¡Joder!
  • Lleva un cuchillo y una pistola en los bolsillos de la chaqueta, lo sé aunque no los he visto
  • ¿Joder, joder! – soplé como una moto - ¿y ahora qué hacemos?
  • Estoy muy asustada, quieren matarme, sé que quieren matarme
  • ¿Pero, por qué?
  • Tengo el dinero, soy la única heredera de las fincas y del dinero de mi madre. Mi padre…, ese hombre..., se casó hace poco con ella, parece bueno, no se le nota pero yo sé quién es, sé que mató a mi madre, poco a poco, con unas pastillas que disolvía en la leche, yo le vi pero no dije nada, tuve miedo, no creí que fuera a matarla, ahora sé que irá a por mí, no pruebo la leche pero dará igual, ya buscará algo
  • No te preocupes, María, no te pasará nada, te lo juro, yo te ayudaré
Nos abrazamos; nuestros corazones agitados golpeaban uno en el pecho del otro, nuestras lágrimas saltaban a un abismo y chapoteaban en un charco de aguas negras, nuestros brazos eran como unas cuerdas fuertes de esparto que nos entrelazaban a un destino incierto.
  • Cruza los dedos, María, así, mira
Crucé los dedos índices y los besé con pasión.
  • Cruza los dedos y bésalos como yo hago, alguien me dijo que es el lazo más fuerte que puede unir a dos personas, que es como una puerta que se abre para poder penetrar en el cuerpo del otro
  • ¿Alguien, quién es ese alguien?
  • ¿Vas a hacerlo?, sellaremos nuestra amistad para siempre
María cruzó sus dedos, los besó y noté un escalofrío, y ahora, y siempre que lo recuerdo.
  • El mundo es extraño, María, hace un rato no nos conocíamos y ahora nada logrará separarnos
  • Me gustaría estar siempre contigo, Juanito, ahora que no tengo a nadie – calló un momento y siguió - ¿Y tú, tienes a alguien?
  • Bueno..., sí, pero eso es lo de menos. ¿Te has dado cuenta de que yo también estoy solo?
  • ¿Me salvarás de mi padre y me llevarás contigo? – preguntó con una inocencia que entró a saco en el portal de mi alma
Se me ocurrió un plan pero no quise decírselo, lo había leído en un libro que habían bordado en una preciosa película, aunque no recordaba el título ni el autor del libro ni la película, tal era el cacao mental que me embargaba entonces. En ese momento yo ya no era yo, no podía serlo sino un tal Jack y mi misión no era un viaje insulso hacia un trabajo rutinario sino una causa noble y justa. Tenía ante mí a un conejo asustado con forma de hermosa y celestial jovencita y no podía ni pensar que alguien quisiera hacerle daño.

  • ¡Por Dios, María, vaya susto que nos has dado!
Me pilló de improviso una voz recia, puntiaguda. Alcé la vista a un hombre fuerte, de complexión mediana, barba de dos días al menos, ojos de muerto. Aquel hombre se agachó a cogerla del brazo y me rozó con la chaqueta. En el bolsillo me golpeó algo metálico y me quedé blanco como la harina, inmóvil como una estatua.
  • Estaba jugando con él, papi. Se llama Juanito
  • Vale pero no vuelvas a hacerlo. Vamos – le gritó muy enfadado
La vi alejarse con aquel ser despreciable, con aquel monstruo, con aquel asesino y no hice nada. María se soltó de él para girarse y cruzó los dedos. Los besó y yo hice lo mismo, algo que arrancó aunque petardeando el motor de mi sangre.
Me sentí ruin, despreciable, algo transitorio pues respiré hondo para remediarlo.
Fui tras ellos y presioné mi nariz en la puerta del departamento. La veía a través del cristal y nos hacíamos señas mientras su padre cabeceaba con los ojos abiertos.
Despuntaba el alba cuando paramos unos minutos en la estación de Carmona. Los muermos comenzaban a espabilarse y a erguirse atiborrando el pasillo de un ejército abyecto, con un hedor pestilente a sudor y a derrota.
Subió más gente a un tren abarrotado y no bajó nadie. Mi cabeza era un caos y sólo la visión de María me ayudaba a sobrellevarlo, ¿qué hacer?, la próxima estación era Sevilla, también mi destino porque allí debía hacer trasbordo para Huelva. No iba a hacerlo, ¿cómo iba a hacerlo?, no me lo hubiera perdonado nunca.
Y regresé a Jack. El tal Jack era un tipo singular, un descerebrado pero un héroe simpático y guapo que siempre aplastaba el mal y ganaba a la chica.
Sin pensarlo abrí la puerta del departamento y me puse frente al fulano.
  • Soy Jack, ha llegado tu hora, pelotudo – era su lema y tenía que decirlo
Puse los brazos en jarras, era suficiente para intimidarle, para que se arrojase a mis pies y de rodillas pidiera perdón por su crimen. Recuerdo que me miró con una cara que no despertaba ningún síntoma. Yo intentaba recordar qué hacía Jack cuando el sujeto se quedaba indiferente, importándole un bledo estar frente al gran Jack y a punto de ser convertido en papilla cuando se interpuso María.
  • Papi, tengo que hablar con él. No me moveré del pasillo, te lo prometo
  • Vale – refunfuñó detrás de ella
Salimos y nos instalamos a codazos en una ventana.
  • Eres un caso, Juanito. ¿Ese Jack es ese alguien?
  • Sólo quería salvarte
  • ¿Y a ti?, ¿quién te salvará a ti?
Cacé al vuelo lo que quiso decirme. Callamos. Miramos los esbozos del paisaje que dibujaba de color el nuevo día y sólo de vez en cuando uníamos nuestras miradas para volver a perderlas en un mar de tierra boyante y jubilosa. La cogí de la mano y no hizo ninguna intención de quitarla, incluso me la apretaba con fuerza y hondura.
Llegamos a Sevilla, a mi destino. El tren se detuvo entre resoplidos y pronto el pasillo quedó vacío como absorbido por el sifón de una alcantarilla. Los departamentos también se oxigenaron y el andén hervía de viajeros y familiares en la hora de encuentros o despedidas.
Llamaron a María y me quede solo en aquel pasillo, solo como tantas veces en mi vida me había visto y sentido, quizá demasiadas, (a pesar de que vivían mis padres y era el quinto de siete hermanos), solo, más solo que nunca porque no había conocido a nadie como ella, solo, terriblemente solo porque tenía la sensación de que no conocería jamás a nadie como ella y que recordaría estos momentos durante toda mi vida, mi vida, vida que iba en otra dirección, así de dura y cruel, y me resistía a aceptarlo con uñas y dientes.
El tren arrancó con estrépito solemne, con un corto silbido, mientras yo seguía agarrado a la ventana sin lograr mover un músculo. Pasábamos por la estación de Dos Hermanas cuando empecé a reaccionar. Entré al departamento de María y un matrimonio mayor, que la arropaba, me miró con cierto interés.
María se levantó.
  • Juanito, éstos son Felipe y Andrea, mis padres
  • Quiero disculparme..., tienen que perdonarme..., yo... – balbuceé – también despedirme, María, me bajaré en la próxima estación
  • ¿Es usted de Utrera? – me preguntó la señora con agrado
  • No, no, voy a la Palma del Condado..., está en Huelva..., trabajo en una cerámica...
  • ¿Pero no debería haberse bajado en Sevilla, criatura?
  • Sí, ya, ya sé..., perdonen…
No tuve valor de despedirme, ni siquiera de mirarla a la cara. Salí de allí al pasillo fustigándome con toda la rabia de mi mente.
El tren paró un instante en Utrera. Bajé cabizbajo a un andén vacío. Estaba a punto de llorar cuando oí mi nombre a la vez que el tren pitaba para marcharse. Me giré a la voz de María.
  • Adiós, Juanito – me gritó y cruzó sus dedos besándolos con ternura
Besé los míos con fuerza y rabia.
  • ¡Adiós, María! – le grité cuando ya no podía oírme.


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