juanitorisuelorente -

miércoles, 4 de septiembre de 2013

AMAGO (De "En cierto sentido")


















A menudo me dice Fernando que a mi edad lo mejor que puedo hacer es echarme una novia. Es una broma, una de tantas gilipolleces que nos decimos para aligerar la rutina de los largos días de trabajo.  Me dice que necesito un buen polvo, no rizar el rizo con mi mujer precisamente, sino hacer realidad de una vez y por todas tanto deseo inútil: con mi vecina, una rumana separada,  con una amiga, Luisa, íntima de mi mujer,  fea pero de buen ver, con la Bruta (el mote nos lo desveló José, un compañero de trabajo
que dice conocerla), una rolliza cuarentona, prieta, rotunda, que pasa tres veces diarias por la puerta de la nave y me alegra el rato, quizá porque pocas,  mejor dicho: ninguna mujer suele pasar por éste polígono apartado. Ocurre que a veces pienso que lo necesito. También como una broma. Eso me digo para que no logre afectarme. Y juego a pensar en alguna en particular, en la Bruta  siempre, y me empalmo desnudándola en el solar de al lado, tras una caseta, al tiempo que doblo cientos de estribos de corrugado del ocho. Demasiadas veces hago el amor a mi mujer pensando en ella, también en otras, pero últimamente más en ella. Pasa y la miro con descaro. Salimos a la puerta de la nave los cinco (uno de ellos mi jefe), y nos la comemos con los ojos. No sé si a mí se me nota más que a los demás lo que deseo de ella. Puede que ni me haya visto, que ni sepa de mí. La pobrecita tiene que pasar para ir a su trabajo en la oficina de la nave de al lado. No hay otro camino.  No le queda más remedio que soportar nuestras miradas y algún que otro piropo indecente. Pasa con la cabeza agachada y no nos mira, claro que las mujeres tienen un sentido especial para eso, y ya sabrá quién le cae como una mierda, a quién soporta con resignación o indiferencia. Hace unas semanas se fue la luz y me ofrecí para ir a preguntar si en su nave tampoco tenían. La oficina estaba a la entrada y con la luz encendida. Sobraba la pregunta pero aún así la hice  a Tomás, un conocido que estaba sentado a lado de ella. Ella sonrió. Y no me sentí ridículo. Guardé su sonrisa en la superficie de mi memoria para recuperarla con rapidez y sin esfuerzo, su sonrisa adornada de sus piernas muy juntas bajo la mesa y del canalillo de sus pechos apretados. No tiene un pecho exagerado pero lo aprieta para darle realce y volumen. No me gusta. Lo prefiero a su aire. Hay varias cosas de ella que no me gustan, su pelo rizado, largo y algo dejado (a la virulé como digo yo), su culo excesivo y que contonea sin gracia, su voz recia y algo varonil (no la he oído hablar pero José me lo dijo);  también me atrevería a afirmar que me gusta todo de ella, entre otras cosas porque es otra mujer y todo lo me ofreciera sería nuevo y sorpresivo.  Debo decir que llevo cuarenta años casado. Sí, y con la misma mujer. En serio. Cuarenta largos y felices años casado con Laura. Tan largos y felices que si alguna vez estuve con otra ya no me acuerdo. La Ramona, aquellas putas de hasta mis veinte años ya no logran ni siquiera levantarme el animo. Sus pechos grandes o menudos, aquellas matas velludas en sus coños que podían segarse o peinarse pululan por ahí en mi foso de niebla y en sepia, sin posibilidad de darles  tono ni forma. Desdibujados por cuarenta años de periplo de culto a un solo cuerpo, exhortando, encumbrando, endiosando sus miles de matices. Una dulce cárcel de puertas abiertas. Y un paisaje inmenso, ilimitado alrededor de una isla en medio de un océano. He llegado a pensar que no existe nada más, o lo que es peor, que no me importa. Y Fernando a menudo me lo recuerda. Que con la edad no es lo mismo. Ya saben que como una broma. Suele incidir en que nadie debería morirse sin echar raíces, pero también sin una amante y sin escribir un libro. Sus memorias, supongo. No, no me disgusta que me dore la oreja con fantasías. Las fantasías tienen su sentido. Me  dan ilusión. Acercan (tanto que puedo tocar, sentir, hasta oler diría), la realidad de mis sueños, de mis deseos, a la sensación real de que puedan cumplirse. De la impunidad, la  alevosía mental a algo más palpable y sensitivo. Sólo queda que se den la mano una serie de circunstancias casuales.   Qué ocurre. Pues nada, que casi sin darme cuenta  ha logrado ensimismarme. Que miro a mi vecina la rumana, Yoni, la llamo, a Luisa, la amiga de mi mujer, como mujeres accesibles. Que la Bruta ha pasado de ser una realidad virtual a algo más físico y concreto. Que  me han obsesionado. No diría tanto, quizá estoy algo confuso, no, sí lo digo, la triste verdad es que me han hechizado, sobre todo la Bruta, ese pedazo de mujer, como un gilipollas. Como un bobalicón que comería en su mano, que llenaría de babas el suelo a cada palabra que pronunciaran sus labios (con tono varonil o lo que fuera), y no digamos si me ofreciera algo más que palabras. Han pasado unas semanas. Me he vuelto más raro y callado, pensativo más bien. Mi mujer lo ha notado, y mis nietos. Ya no juego con ellos y tengo en la boca la manida frase “Dejadme en paz” a cada segundo. Debería haberlo zanjado todo yendo de putas, buscando a alguna de su estructura descomunal y morderla hasta hacerle cardenales, disfrutar de ella hasta morirme de gusto, pero no, he creado un rol demasiado revindicado de persona respetable y solo faltaría que me tropezase en el club con algún conocido, o con alguno de mis hijos. Ya digo, me siento preso de mí mismo. De unas ideas que acepté  y ya no me sirven, si acaso para joderme vivo. Pero regreso a la Bruta.  La sigo. No en el sentido literal de la palabra, o sí, la sigo, sí, en el sentido literal, pero desde lejos, con la mirada.  José me puso al corriente de su vida, de alguna de sus costumbres. Vive con un chico en un barrio que llamamos “El lite”, por ser propicio para que se esconda la chusma. Es colombiana, está casada en su país y con hijos. Aquí es una chica sola y liberada de esa carga, es decir libre de hacer lo que le de la gana.  Vive con un tal Rodríguez, demasiado conocido por la policía y por alguna gente de bien, sin poder asegurarme José si son pareja o sólo anda con ella de paso y cuando la necesidad apremia. Curiosa vida la de algunas inmigrantes. La vida de la Bruta daría para escribir un libro. Sin duda sus memorias. Aunque dudo que quiera contárselas a nadie. A mí, lo que sé de ella, me produce un morbazo que me roe las entrañas. Sé que podría encajar en su ajetreada vida. Yo, y cualquier avispado que se proponga cepillársela. No digo que sea una puta. Ni que me lo parezca. Sí que desearía estar con ella como si lo fuera. Continúo. Ha llegado el verano. Digo esto porque con él llegan las vacaciones. Ya están aquí. Acabo de cogerlas. Quince días de Julio que voy a pasar en la ciudad junto a mi mujer, con la nota curiosa de que nos quedamos solos, sin hijos, nueras ni nietos. Todos se van a la playa. Y nosotros siempre con ellos, pero éste año no puede ser ya que mi Laura está recién operada de una hernia. La Bruta tampoco trabaja, ni parece que vaya a aprovechar éstos días para ir a su país porque continúa haciendo su vida habitual, la de todos los sábados y domingos que la he seguido como un Torrente de turno, y ahora sigue haciendo lo mismo durante toda la semana: a primera hora, y sobre las nueve, la compra imprescindible en el Covirán de la esquina, luego una hora en el gimnasio, y hasta cerca de las dos leyendo bajo un arbolillo (un níspero, o un sauce, no sé, perdonen, yo es que de árboles no entiendo) en el parque que está frente a su bloque, hobby que continúa al caer la tarde, sobre las siete y hasta las ocho u las ocho y media, después se encierra en el piso y no se le ve el polvo hasta el día siguiente. Yo la miro de lejos, sin bajar del coche. A veces la fotografío y así la analizo profundamente en mis ratos de soledad. Una vez, sólo una vez, entré al supermercado y la saludé ante su sorpresa. Sé que su sorpresa no era tal, ya he dicho que las mujeres tienen un sentido natural para esas cosas. Sabe que la miro, que la sigo, y sé que no le importa. Ni le molesta. Lo sé porque acaba de acercarse  al coche (cuando la esperaba cerca del parque al caer la tarde) a saludarme. Llevaba un libro de Isabel Allende pegado a su pecho y se asomó a la ventanilla para decirme hola agitando sus cinco dedos como un abanico. Le devolví el saludo y seguí sus movimientos como un chacal preparado para el ataque, para comérmela de tres tarascadas y no dejarla ni los huesos. Era lógico que se diera cuenta. Ser detective es un oficio cualificado y yo de eso no tenía ni idea. Soy torpe y burdo. Me enfrenté al dilema de marcharme con el rabo entre las piernas a mi isla dorada o descender al pozo más profundo de mis ansiados infiernos. En el parque varios niños jugaban a la pelota. No había nadie más. Sólo ella. Leyendo. Sin levantar la mirada del libro, hojeando cada rato página tras página. La mayoría de las ventanas de los edificios de alrededor estaban cerradas, sin duda hacinando el aire acondicionado. No parecía descabellado el hecho de acercarme y pasear sonriendo a los niños, interesarme por como jugaban a la pelota, sentarme en el único banco de la plaza al lado de aquella mujer como si fuera cualquier otra, o qué sé yo, un viejo, o un chorizo del tres al cuarto. Lo hice. Puede que con disimulo o no. Lo cierto es que ella esperó a que estuviera sentado, me calmase algo (tarea ardua), para cerrar el libro y presentarse: Me llamo Josefa. Carlos, soplé con esfuerzo. Su voz sonaba recia, varonil como me dijo José, como si estuviera ronca, o afónica, bien, para qué darle más vueltas, sonaba como si me hubiera hablado un tío. Eso y sumado a su enorme corpulencia, a su perfil de hembra excesiva,  me hizo sentirme algo incómodo. Puede que por el ansia. Me faltaba el aire. Fue ella la que empezó a hablar y yo poco a poco a tranquilizarme. Soy colombiana, comenzó. Ya lo sabía, pensé. Estoy en España buscando una vida digna. En mi país, en mi región, en una aldea ahogada en una meseta, lo pasamos mal, me dijo con los ojos brillosos, lo más sensato que podemos hacer es irnos. España es un país hermoso pero difícil para integrarse. De su marido y de sus hijos no dijo ni mu. Tampoco del tal Rodríguez. Vivo sola en el bloque nº 54, 1º A, me confesó  señalándolo con el dedo a mi espalda. Estoy de alquiler. Gano una miseria y con un contrato de cuatro horas; la gente se aprovecha de nosotras. Y suerte que trabajas, le dije, muchas tenéis que recurrir a la mala vida.  No se inmutó, y siguió hablando sin mirarme: Es más bonito trabajar, ganarse la vida de otra manera, no digo yo que otras no hayan venido obligadas, pero yo vine aquí con un contrato, trabajaba de funcionaria en el ayuntamiento de mi pueblo. Humm, pienso, funcionaria en el ayuntamiento de una aldea perdida en una meseta. No me lo creo. Me enternece su historia. No me importa si miente. Yo le confesé que estaba casado. Que tenía mujer, tres hijos de su edad y dos nietos, que tenía sesenta y dos aunque aparentaba cincuenta, que tenía el espíritu y la vitalidad de los treinta (ya me gustaría), la viva ilusión de cuando estaba en pañales en brazos de mi madre. Rió. Trola por trola. Reconozco que rondaré la vitalidad, el empuje de mis cincuenta y cinco, tal vez algo corta para hacer frente a semejante pedazo de cuerpo cuando pidiera (exigiera o suplicara) la presión (últimamente no muy habitual) de mi sangre. ¿Y no es usted feliz?, me soltó así, sin más,  directa al meollo que nos tenía allí, juntos en aquel parque solitario (los niños se habían marchado). Soy feliz, me siento afortunado, filosofé con cara de bobo (lo supongo y basta), la vida me ha tratado bien, estoy sano, mi familia está sana, y también parece feliz, somos, es cierto, lo que se llama una familia sana y feliz. ¿Entonces?, se vería obligada a preguntarme. Me miró a los ojos. Tiene una mirada muy tierna, algo impensable desde lejos. A la vez profunda, hiriente como un halo de fuego. Yo procuré devolvérsela pero no supe. Tú eres algo que no me ofrece mi felicidad, le susurré. ¿Cómo? Me oyó pero creo que quiso que lo repitiera. Y no quería darle más vueltas al asunto pero insistí:  Llevo cuarenta años con la misma mujer. No he estado con otra mujer en cuarenta años, disfruto con ella, pero últimamente no sé qué nos pasa, la verdad es que no sé qué hago aquí. Es fácil de adivinar, sonrió. Ya, ya, pero además de eso. Mi mano hablaba al son de mis palabras, como cazando moscas. Ella la cogió y la apoyó sobre su nalga. Estaba fría. Noté sus dedos gruesos, también la tersura de su piel, áspera, de su nalga, larga, ancha, como un océano. Empecé a acariciarla tímidamente. ¿Te gusto?, me susurró al oído con sensualidad. Estaba eufórico. A pesar de eso me quedé rígido, mudo. No podía articular ni una sola palabra. Más al entreabrirme su escote, al acercarme al filo de sus bragas. Vamos a mi casa, suplicó.  No dije nada, sólo hice un gesto. De aprobación o impotencia. Solté su mano y la seguí. Movía el culo con torpeza, sin firmeza ni cadencia. Y yo la mordía, la comía cruda y sin aliño. Quizá por eso aprecié sus músculos, su espalda de tío fornido y culturista, además de volver a reparar en el tono peculiar de su voz al que no acababa de acostumbrarme. Pero a veces, al volverse y alentarme a seguirla con rapidez, la silueta de sus pechos desvanecía cualquier duda, duda que desvanecían la cinta de sus bragas marcada en la tela transparente, sumado al recuerdo nada gratificante del último polvo a Laura, quejosa y desganada, así todo, batido, me hacía ver que estaba haciendo lo que deseaba hacer que no era otra cosa que lo que necesitaba hacer. Al entrar en el portal, y tras asegurarse de que allí no se movía un alma, frenó y me besó. Me gusta usted, Carlos, me gustan las personas de su edad, me dan seguridad. Yo seguía mudo pero encantado. Aproveché para meterle mano. Mis palmas abiertas jugaron al gato y al ratón en el circuito triangular de sus partes íntimas. Parecía excitada. Y yo para que me diera un ataque. No era plan. Estropear un polvo tantas veces evocado, sus pasos medidos, lentos, lentísimos, elevando el ansia como asciende un globo, retardando el éxtasis como en la más larga y repetitiva escena porno, así, haciéndolo vestidos, de pie, en un portal, tal vez con alguna cacatúa excitándose tras una mirilla, no era plan. Podría saltar todo en pedazos. Iniciar y acabar la pelea sin habernos dado una hostia. Pellizqué mi pene. Éste no era el lugar idóneo para mostrarse tan prepotente. Josefa seguía besándome con pasión. Y al notar que bajé los brazos se retiró. Estaba roja, pepona, con el maquillaje corrido como un tomate en la mata recién sulfatado. ¡Dios!, me dieron ganas de tirar cohetes, como una vez que me ofrecí voluntario, al enfermar Perico, a tirarlos en la previa a las fiestas del pueblo. Era una sensación que me sobrepasaba. Jamás había vivido algo así. Por tan intenso, por tan desatado. A lo mejor parecido a cuando me regaló mi abuelo un traje de indio, con un arco, un carcaj lleno de flechas, y un hacha,  impensable compararlo con los primeros magreos a Laura. Esto era otra cosa. Ansiar algo con el alma y lograrlo da un poder inmenso. Me sentí poderoso, bien es verdad que a la vez temeroso y mudo. En el rellano, buscando la llave en su bolso maleta, nos dimos otro calentón.  Entré al piso colgado de ella como un mono a una rama. Y salí de mi autismo. Te voy a chupar hasta los huesos, dije lo que no había pronunciado jamás. Jamás había ayudado a mi mujer a desnudarse, siempre soportando con resignada calma su recalco, su parsimonia, que si ya voy, que si tengo frío, o calor, que si me meo, o me duele no sé qué, muchas veces por si caía la breva y el deseo se apagaba como una lumbre sin atizar, o me quedaba, en la eterna espera, frito como una marmota. Y a Josefa la había dejado en pelotas a lo Harry Potter. Yo seguí sus pasos en un pispás. Entramos al dormitorio a empujones y caímos sobre la cama. Me amoldé como la plastilina a sus resaltes y hendiduras, medio ahogado en su plano inmenso, comenzando a abrir la boca y mostrarle mi lengua, mi dentadura sin una sola falta. Pero ella me frenó. Aun no hemos hablado de dinero, mi vida. ¿Qué? Tenía sus pechos a la altura de los ojos, a un palmo de mi boca abierta, su coño agarrado con la tenaza de mi mano. Me portaré bien contigo, cariño, me gustas, cobro sesenta euros, a ti sólo cincuenta. ¿Qué?, repetí como un loro, encendido como una amapola. Empecé a chuparla, a morderla. Volvió a frenarme. Pon los cincuenta euros en mi bolso, amor, y podrás hacerme lo que tú quieras, insistía, me pareció que con recelo. Estaba justificado pues en la cartera tendría como mucho cinco euros. No suelo llevar dinero. Una vez me robaron. Desde entonces siempre paga mi mujer. Y cincuenta euros, ¡Dios!, era un gasto excesivo, y de sopetón,  que tendría que justificarle. A pesar de eso se los habría arrojado a la cara si los hubiera tenido, no, miento, se los habría colocado con mimo en su bolso para luego tirarme a ella como al banquete de una boda. A pesar de que no había imaginado que fuera una puta, alguien que fingía conmigo por dinero, no me importaba, ¡qué podría reprocharle!, hacía lo que la mayoría, lo que hace Laura cuando quiere conseguir algo y yo me opongo, bueno, le digo: no tengo dinero, Josefa, ni en este momento puedo conseguirlo, no sabía…. Me montó el pollo. Estalló su lado amargo, su pena más honda, su rabia más furibunda. Y yo por cercanía debía ser el culpable de todo. Tardó en calmarse, y cuando lo hizo me invitó a que me fuera. Pasé de ser una persona adorable a un viejo baboso y un cerdo. Y un aprovechado, añado porque sé que lo estaría pensando. Cincuenta euros es lo que me da mi mujer para todo el mes, perdona, tendré que ahorrar para volver a verte, perdona, perdona, intenté justificar, a lo mejor, lo injustificable. Su brazo musculoso me señalaba la puerta. Se quedó sentada en la cama cubierta con una sábana viéndome coger mi ropa dispersa por el pasillo. No se movió mientras me vestí, ni añadió una palabra a lo ya dicho.

Hoy, domingo, cuando las vacaciones se acaban, sigo pensando en ella, no con tanta fogosidad (o sí, no sé) ya que a mi edad prefiero el sexo con algo de complicidad, con un mínimo (o mucha, claro) de disposición y entrega, algo que logré a medias y sin esperarlo con Luisa, la amiga de mi mujer, en una de sus rutinarias e insufribles visitas. Mi mujer se durmió a causa de los relajantes para calmarle el dolor. Quizá me excedí en la dosis. No lo recuerdo. Sí que salté sobre Luisa cuando ella ya se preguntaba a qué cojones estaba esperando. Lo hicimos en nuestro dormitorio. Y a pesar de las facilidades fue un polvo atropellado, insulso, y sobre todo muy rápido. En parte masacrado por su cansina frase: “A ver si se va a despertar Laura”. Laura no se despertó y aquello fue una mierda. Los dos mentimos al decir que fue estupendo. Y los dos sabíamos que no volvería a ocurrir. Teníamos ganas. Nos apetecía. Pero hay cosas que no cuadran. Al día siguiente me trató como si nada hubiera sucedido. Y hoy puedo afirmar que no recuerdo nada, quiero decir que no ocurrió nada. Aunque mi mujer puede que sospeche algo. Bueno. No me importa. No será lo mismo con la rumana. Yoni es una hembra preciosa. Algo sucia, justo es reconocerlo. La precariedad económica no sé por qué debe ser sinónimo de dejadez. Si llegara el caso tengo claro que lo primero que haré será ducharla (yo con ella si con eso la animo). La muy cerda me sonríe al cruzarnos en la escalera (de la manera que se sonríe cuando se quiere algo de alguien, como le sonreí  a la amiga de mi mujer para que se diera cuenta lo que quería de ella), alguna vez la he rozado, sin ningún tacto, como todo lo que hago, simulando que me escurro o que me da un mareo para caerme sobre ella y agarrarme a cualquier cosa. Dos veces he estado a punto de meterme tras ella en su piso como distraído (su puerta está frente a la mía) y forzar la situación. Pero no me fío. Dicen que ha solucionado los problemas con su marido, un yonqui vago y conflictivo. Su marido no me traga ni yo a él. Yoni debe esperar. Espero que no demasiado porque me tiene encendido. Me parece mentira que haya sido Fernando con sus gilipolleces el que prendiera la mecha de la bomba que siempre he sido. Un simple empujoncito a la pista de baile y ya no hay quién me haga sentarme. Soy incombustible. Y comienzo a otear otras opciones:  una prima lejana, por ejemplo, algo rellenita pero con todas las cosas muy en su sitio. El otro día me crucé con ella y la saludé. Nos besamos y me sonrió, no sé aún si sólo como primo. Bueno, la aparco y regreso al presente. Hace buen día y me animo a salir a la calle. Laura está chinche pero ciega con la tele así que me he escabullido sin que se diera cuenta. Veo a Fernando. Está en una esquina cargado de bolsas del supermercado como un burro. Estoy esperando a mi mujer, me dice resoplando. Le cojo unas cuantas bolsas para aliviarle la espera y le digo que mañana a estas horas tendremos las manos llenas de tizne. Otra vez la rutina, Fernando, añado, suerte que pasa la Bruta para animarnos que sino no sé, no sé. Su cara cambia de color y bufa: ¿Pero no te has enterado, tío? ¿De qué?.  Es un tío, Carlos, esa tía es un tío, ¿puedes creerlo? Me quedo blanco. Es imposible, pienso, tiene un coño como una puerta abierta, doy fe de ello. Fernando sigue bramando: ¡Está operada, Carlos, pero es un tío, un tío, ese hijoputa es un tío!, ¡Pero qué jilipuertas somos, nos ha engañado como a unos jilipuertas!, ¡y para colmo hace la calle y se la ha follado medio barrio!, ¿pero cómo no se han dado cuenta de que es un tío?, ¡eso se nota, la nuez, la voz esa que tiene, coño!, ¡cuando alguno se entere lo mata, seguro! Balbuceo, intento decir algo pero no puedo, no puedo. Fernando sigue: Se lo he dicho a todos los que he podido, a ti no, tú eres un tío legal, ya sé que a ti esas cosas no te van, está la vida muy mal, amigo, el otro día me enteré que un conocido se enrolló con una rusa y le ha pegado el sida, hay que joderse, ¿no crees?, yo soy un culillo inquieto pero viendo lo que estoy viendo tendré que conformarme con mi mujer, no queda más remedio que recular. Sigue hablando y no le oigo. Le miro, sí, pero no le oigo. Mi cabeza está en otro sitio. Proyecta imágenes en un cine vacío. No del todo. Yo estoy escondido en la última fila y las miro de reojo. Miro el cuerpo de la Bruta con más detalle: sus pechos duros como piedras, su sexo como un coco sin una tajada, los rasgos bastos, lineales de su cara, la nuez bajar y subir cuando me grita como una guillotina, y su voz, ¡Dios!, su voz de arriero. Y sin embargo me la puso dura como nadie. El ansia es masa, carne, carne dura e inquieta, río, a la vez que pienso: el deseo nubla la razón y el ansia la cose a puñaladas. Tenía una vida plácida, aburrida hasta darme asco pero plácida, ¿y qué he logrado con ésta salida de madre?: picar con la Bruta como un pardillo y poner en duda mi sexualidad,  incuestionable hasta esa fatídica tarde para ahora rugir (sólo para mí) : Que no debe juzgarse lo que no se sabe. ¿Y qué más?: follarme a Luisa, una casada sin hijos, fea a reventar, cursi, tiesa como un junco, con el coño rígido, insensible como un agujero en un tabique, ¿y la Yoni?: con toda seguridad una drogata como su repelente marido. En mi prima pienso pero no opino. Porque no hay nada de lo que opinar. Mejor pensar en Laura. No es una joya de mujer. Ni yo, reconozco, un modelo de marido. Pero no se convive cuarenta años con alguien sólo porque sí. O sí. Bueno, bueno. Basta. Es mi mujer. La madre de mis hijos. La abuela de mis nietos. Y tiene un físico agraciado a pesar de su edad. Un físico cuidado, esbelto, que ya quisieran algunas, su amiga Luisa, seguro, también la Bruta, ¡joder!, ¡no, claro que no, la Bruta por supuesto que no! Salgo de mi hipnosis y materializo a Fernando y su verborrea. Habla y habla de no sé qué. Me parece que se queja porque se le caen los brazos. También sonríe y se alegra porque ya vislumbra a su mujer, aunque vuelve a cambiar el gesto ya que se detiene con alguien, una vecina, me cuenta, que habla hasta por las orejas. Desnudo a su mujer, Ofelia creo que se llama, y me siento afortunado. No me extraña que el pobre vaya de putas. Yo ya no. Se acabó. Voy a regresar a Laura con los brazos bien abiertos. Como si llevara meses sin verla. Intentaré olvidar esa ligera desviación que aún me tiene pensando que si tal o que si cual. Lo remediaré echándole un polvo de los de antes, cuando me apetecía brincar y esas cosas. Vuelvo a estar contento y centrado en mi rol de persona respetuosa y respetable. Fernando sigue hablando y yo le cuelgo sin más las bolsas en sus brazos y me despido. Me bulle por dentro algo que sólo puedo calmar con Laura. Me apetece. Hace semanas que no me acerco a ella si no es para mirarle la herida  y darle algún ligero masaje en el cuello. Camino rápido y subo las escaleras de dos en dos. Tiembla mi mano al meter la llave en la cerradura, como si ensartara una aguja. Oigo  alboroto dentro y me derrumbo al pensar que sea la pesada de Luisa. No la soporto. A esa frígida remilgada no la soporto. Entro al salón sin ánimo. Mi mujer está sentada en su sillón, algo despeinada y desabrochada. A su lado un señor que he visto algunas veces por la escalera se frota las manos con nervio. Cariño, me balbucea, este es Jorge, el vecino de arriba, el marido de Aquilina. Me ve azorado y sigue: La conoces de sobra, una amiga del colegio, ¡uy, pareces tonto, Aquilina, Aquilina!  Yo sigo mudo, con los ojos como dos ollas vacías, y sigue con candidez: Jorge ha sido muy amable al venir a interesarse por mí, y ya se iba, ¿no?  El muy imbécil se ha quedado mudo, como petrificado. Menuda visita de mierda, pienso, luego fuerzo la memoria:  Aquilina, Aquilina, pues no sé, ahora no caigo.

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