La abuela ha vuelto a sentarse en
un sillón de la cocina a las cinco de la mañana. Son las siete y aún deberá
esperar hasta las ocho u ocho y media para que su hija baje a asearla, vestirla
y prepararle el desayuno como todas las mañanas desde hace, asiente con
resignación, demasiado tiempo.
La abuela a las diez de la noche
ya está acostada y a las cinco abre los ojos como un reloj. Espera unos minutos
y toma rumbo al sillón de la cocina casi a oscuras. Son pasos medidos. No hay
estorbos. Tan solo pasa rozando el primer peldaño de la escalera al piso de
arriba donde duermen su hija, su yerno y su nieta. Sus pies y sus manos, su única
familia, piensa a menudo con rabia en los ojos.
Hoy vuelve a vivir los gemidos de
la noche, su lenta agonía hasta que la luz se erija reina de nuevo de las
mismas cosas. Momentos en los que pensar y pensar, y no

























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