juanitorisuelorente -

miércoles, 28 de febrero de 2018

A LA SOMBRA DEL POEMA (del 4 al 14)

(Imagen de la red)


















4
Los labios que queman a la rutina y visten un tiempo de soledad la ceniza, no pueden volver a pronunciar lo moldeado, como si nada.
Cambian los rostros, la flor en el oído, y todo intercambio que camina en la llama. El fuego consume, y la tiniebla deja un viento que tiñe y sablea.
Regresar al amor inmóvil no lo hace empuñar la
intensidad, si entre la pasión ha usado el arma blanca.
Ahora somos palabras y sueños relámpago, va vivir en cabestrillo, con camuflaje y versos de cristal. Y late morir como morir del todo, pero despacio, con el sol y las noches selladas, o sea, en sí sin sí mismo.
Y en tan poco de nada, en desbandada, otro borrón es otra cruz en la llanura, bajo la cúpula que cada vez más descorazona y lleva a nada realmente a nada, aunque viniese de vivir de silencios y ojos, de la irrealidad que va rasgando lo verde del mundo, de la verdad que cerca a pleno sol a la razón y al sentido.
Repararlo, vuelve a ser tan fácil como encadenarse a la sangre que desprenda tu voz, sin celosía, sin entrelazarla a la sombra que agrede y abisma, sí, como esclavos de nadie, solo de la sed que, enceguecida, nos bese.




5
Tener el mar va de cuerpos azules y olas del cielo en rojo y rosa.
Caligrafía de color que funde el crepúsculo a los ojos del agua por decir palabras al aire de la hoja blanca, disueltas a cada latido que el sentirnos precipita.
Como mar tiene su luz en el rostro que ondula echando pulsos a las noches más boscosas, a los desnudos de niebla con detalles que esparcen la piel en la opresión de los espejos, desgajando lo oculto hasta su cúspide de enrejada claridad, su verde amenaza.
Y son mares de epopeya que devuelven adolescencia a la lucha, con el verso inmortal en la mirada que los sueños incendia, y que les susurra, rodeado de andar a ciegas: vístete de la vida misma, y crea realidad.
Mar, mares de tiempo, desamurallando cristales de los postigos del nunca.
Pasiones innatas de ser.




6
Las primeras imágenes ya tenían un cruce entre flor y poema, un pestañeo de nubes y manos de fracaso, como un estallar de noches vacías por volverse constelaciones, o jardines del paisaje.

Luego fueron llamando a morir entreabriendo vivir del todo como diamantes en rebeldía de su propio dilema: ser escuela de los ojos, música que, en silencio, apuñale al corazón.

Alimentando poemas hacia lo hondo reproducían el choque entre el cuerpo y la palabra, como coral de instantes que, al trenzarse, resisten herrados a lo difuso., como poesía enarbolando lo inevitable.

Imágenes de imágenes que repiten sus blondas del alba y, aunque arañan lo cárdeno del pasado, su agostada huella, las va desvayendo la juventud del aire.




7
Recorrimos lo entregado a los ríos -chispazos a contar con los dedos-, retraídos y al tiempo sustentando los astros.
Trazos en la vida pintada, pulseras sin abalorios, el justo saqueo, enlazarse, apenas, en el camino de la luz, fueron quemando adioses en la sombra.
Y nacía el poema de un segundo descalzo, de inviernos al quemarse, de una mínima ofrenda a vivir: lunas que volverse tus ojos.
Recorrimos ser en la distancia, deletreando todo silencio que caía amanecido, cosiendo esperar en los cristales al viento, lo blanco más puro por decir tras todo lo dicho, buscándote.
Luego, al sol, los ojos tenían las hojas temblando, el sonido del mundo en la boca la razón de ser niño, y todas las llaves de plata esperaban beber de los campos que crecían, verbos al otro lado.




8
La confianza que es la geografía de un cielo diminuto ve todo lo que puede ver.
Al saltar la linde borra la gramática del recuerdo y queda apenas el olor de la lluvia junto al monstruo que golpea el tejado de ser, si encierra al mar y deja fuera su sonido lleno de peces, si todo duda en las lenguas del frío.

La confianza que sopla mentira a la llama solo verá en viento en su espejo y ceniza en el oído. Y de no escuchar lo que no cree, ni llega a oír, viene el hacer que anda por el polvo. Tierra, barro, que no obra si no llega firme a formarse.

La confianza es infinita si conserva su inocencia, mas comienza a ceder si se vuelve oscura y se asoma solo al dolor de las cosas, porque en los fauces del rencor acecha el no ser nunca plena.

La desconfianza nos despoja de la noche azul, de la piel rosa y los pechos de nieve, deja a todo amor en prenda con un campo ajeno de poemas. Un fruto, a veces, inmaculado que la sombra del puñal ablienta.




9
Cuando a amar se le tiene cariño solo se tiene cariño.
Te quiero es el verso final que al cariño incendia, que emborrona a los rostros que empuñen algún encaje de sol, algún astro en el mar que reverbere.
Regresar tiene el bosque oscurecido de andar a ciegas, si no merodea el azar de niño.
A ver luz ventea el cariño, a yacer por instantes que aleteen el agua, que llamen vivir a morir raptando el aire, aunque sean coso donde lata pronto la hoguera.
Sueños de la mano robada que recorren celosías del paisaje mostrando su rosa negra, con poemas por escribir sin el filo del hacha, palpando al castillo en la palabra, bebiendo a sorbos la luz que cambia.

Dirá el cariño así fuimos, y quedará escuchar a los caminos que crecen, a los golpes que aúllan y envenenan, y no habrá madeja en la cima de la muerte,
si amar no tiene hilos.





10
A veces nos habla la piedra tras mil años de olvido -nuestra corona terca retando a como queremos ser-.
Tiene la cara sin continuidad, su función se sella a sustentar la cerrazón en el pasado más profundo, y su voz es un repertorio de mar aguado y pozos de despedida.

Es piedra conjurada a vernos ajenos, a lo más turbio, cárdeno de los sueños, como mano que simula caridad, si ofrece un futuro de escapularios y letanías a la luz.
Embozos donde chirríe todo culpa.

Piedra que cañonea para decirnos que el verde será hojarasca, y su efímera maravilla pronto será pasto de la noche muerta, así que para qué seguir por la duna a la vida negra, para qué el carrete del hablar descalzo.
Su ruptura es el oro cortafuegos, la asonada que desenreje a la rosa y llame atadura a amanecer, que explore un sentir desmantelado.

Piedra que yergue un tiempo, altiva, los silencios, y que salta en mil pedazos porque soy de ti.




11
Para volverte poema te pido un beso.
En la memoria asaeteada, como un ahogo secreto en lo abismal, se prende la estopa a alguno que salvó de morir helados.
Volar en los labios, como un aleteo de libélulas rozando el agua,
pulsar sus cuerdas de guitarra, e ir profanando poco a poco su lenguaje de lava, su relieve recamado, hasta hundirle los ojos, el rostro, la sangre y los huesos, hasta sentir en tu boca el cuerpo arracimarse, para volverte poema, para que lata el verso.
No hay poema en la hora inmóvil, batido está el deslumbramiento, defenestrado el resplandor por tanto soportal de tiniebla, y así se agiganta la respiración ardiente, el ansia que palpa el vacío con los ojos vagabundos, abrasada a una imagen, madre ya de todas las estrofas,
un beso que te verse.




12
Incendiar lo difuso configura al pensamiento que anda prendido de esos momentos a que nos empuja lo dorado de sentir.
Interludio acechante, por el repiqueteo en la partitura desollada de la luz.
Como palidecer a ese instante que entrelace los dedos a la danza de tu mano, que silencie nuestra voz donde tiene la cara, su tacto aterciopelado, y tomemos camino a La forma del agua.
Unidos, yendo, hacia un fondo de imágenes muertas, si el motivo es un ciego rato de roces y húmedas caricias, de ojos que van y vienen del otro lado del mundo, de brazos alrededor de la cintura, al vaivén que deshaga, suave, la soledad, toda la existencia consumida.
Cielo y primavera de la rosa blanca, en un cine estrecho, abovedado, que tiembla y enmudece ante un vestido de besos, hasta ir muriendo en la vida viva del tiempo que al talle se ciñe, y que persiste, ahora, en una historia también de grises del amor.
Luego, ese dulce abandonarse a un paseo que alumbre los detalles, hacia las manos de pan y los ojos volando sobre la mesa, hacia ese milagro que presuma de noche con la boca torcida, en otro rato que vuelva a detener a los días que pasan.

Que la sangre no salga a borbotones, que se frene en el soportal la llama, aguarda de la realidad su arboladura, el deseo soldado al azul, pero ya llevando arrebolada la fantasía, el pensamiento como eclipse, y la cara pintada con luz de guerra.





13
El fantasma de la cordura a sí nos encadena si desatiende a la razón del sentido de todo amanecer el ser que cabalga el verso pero que aún no sabe amarte.
Las antípodas de cal son los hechos de arena.
¡Con qué facilidad disfraza lo moldeado a la página que sangra! Nacer apenas, y hunde la niebla amarga a vivir en su naufragio, no dura en los pechos la gloria, ni la hoguera romántica.
Quedan atrás, en el túnel, los años que rezuman lejanía, el humo que empuña la antorcha del arenal, alguna máscara al asomarse a la sombra del poema del papel que crujía de blancura, prieto correaje a sueños de nadie tensando la línea en los ojos cerrados.

Y en ese cruce, trajina y se encasquilla la pátina de ser siguiendo a la voz que gira en la dicha con la mente rezagada lapidando instantes, como himno que llueve y no tararea la mano escondida,

acaso por tener la piedra y la flor en el ocaso que se resiste a ver en los ojos que aman.





y 14
Fue costumbre la indiferencia a los días, hacerle un torniquete a la sed de tiempo, reinar contra el mundo derramando voluntad a falta de entender lo infinito de adentro.
fue un ir despertando a dormir de miedo si girar en lo invariable iba entrando en su cruz y las gotas últimas, sintiendo a sentir en al vieja taberna con el codo ennegrecido.

Existir era ahora una dulce mordedura que en el pensamiento devoraba hasta lo oculto, un adonde insumiso aunque partiera envejecido, y que perseguía a la muerte para acabar perseguido por la otra muerte, esa ebria que fluía azul y ponía alas.

Era un reverdecer sencillo, gota a gota, porque el mar ya iba llorando en tus brazos, era un único cauce a las llanuras de la luz, de vaga esperanza, de destino suspendido en un cielo apacible, pero que llovía, nos llovía, con un fino abrazo de cortezas de cal y sabor a bosque.




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