Acaricia mi cuerpo tu memoria -días de sangre y carne-. Vuelve a brotar en una espiga de horas tu trigo de ardor infinito. Tiempo que no ha matado el hambre, desierto que cruzo bajo el calor a tu boca, al olor de tu tierra húmeda, saltando muros desde la nada, amor. Estás en mí hasta los huesos. El furor de mis silencios aún te aguarda sin temblores.
"El furor de los silencios" Qué buen final, Juan. Un abrazo.
ResponderEliminarRecuerdos de vino y rosas, llegados a la pendiente inabordable. Un abrazo Marcos
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